| I
Vuelta Ciclística a Cuba
(11 al 23 de febrero de 1964)
Reseña histórica
Voluntades a una aventura desconocida
“Dame un alfiler para señalar La Habana”,
indicó Paseiro a Benigno Suárez, quien permanecía
parado frente a la mesa mirando fijamente el mapa de Cuba
que dormía sobre ella. Cuando estuvieron todos los
puntos rojos señalados, José Antonio Riverón
sugirió ubicar otro cerca de la capital, que representara
al Cotorro. Paseiro asentó con la cabeza. Y los doce
alfileres ya estaban formados en espera de una orden.
¿Quiénes eran estos grandes estrategas? ¿Científicos
que realizarían comprobaciones en la Isla? ¿Militares
en preparación de alguna maniobra? ¿Geógrafos,
topógrafos, dirigentes del gobierno revolucionario?
Nada de eso, deportistas, soñadores, ciclistas, que
a finales de 1963 concebían desde el cubículo
de la Federación Cubana de Ciclismo en el Coliseo de
la Ciudad Deportiva, una aventura desconocida para toda la
zona del Caribe, una competencia de ruta, la primera Vuelta
Ciclística a Cuba.
En menos de tres meses, y con el apoyo decidido y enamorado
del presidente del INDER, José Llanusa, 72 valientes
hombres estuvieron prestos a la “locura más cuerda
de Paseiro”, como definiera al clásico un precipitado
periodista de la radio. “Arriba, vamos subiendo a las
guaguas, en diez minutos sale la caravana”, agitaba
el artífice del proyecto aquel jueves 6 de febrero
en la sede principal del movimiento deportivo.
Un día entero de camino hacia Santiago de Cuba sirvió
para fundar la familia gigante. Atletas, entrenadores, jueces,
mecánicos, camarógrafos, periodistas, médicos,
choferes, pasaban del asombro y el nerviosismo a la construcción
de una empresa nueva, pero perdurable. “venía
solo de turista, ¿sabes?”, soltó con gracioso
acento uno de los jóvenes al chocar sus ojos con las
elevaciones orientales que tendría por obstáculo.
Los más arriesgados empezaron a sacar cuenta de cuántos
llegarían a La Habana el 20 de febrero. Tampoco faltaron
los adivinadores de favoritos. El nombre de Luis Gainza, doble
campeón nacional en velocidad y el kilómetro
contra reloj, se repetía una y otra vez. “Ya
se sabrá en la carretera”, dijo la noche anterior
a la arrancada un muchacho de 20 años que nadie llamaba
por su nombre, sino simplemente, Pipián.
11 de febrero de 1964. 10 de la mañana. Frente a la
ciudad escolar 26 de Julio, -lugar escogido por la historia
moncadista de otros valientes- curiosos, autoridades locales
y 72 voluntades estuvieron listos para empezar a vivir lo
que jamás nadie había visto en Cuba. Paseiro
revisó con una última mirada el casco protector
en las cabezas de sus muchachos. ¡Listos!, y se bajó
la bandera blanquinegra de cuadro.
El short de caqui y el pulóver de algodón de
cada pedalistahacía uniforme y vistoso el espectáculo.
También las guantillas, las zapatillas negras de ciclismo
con calapies, las medias blancas, el termo y los números
en la espalda. Los equipos eran fáciles de identificar,
azules, verdes, violetas, naranjas, amarillos, carmelita y
negro formaban una “serpiente multicolor” sobre
el asfalto.
Y el guanabacoense Manuel Falcón se inscribió
como el primer escapado, al tomar ventaja de medio kilómetro
del pelotón en el tramo inicial. Ya cerca de Bayamo,
la lucha se empinó pareja entre un quinteto de corredores.
Enrique Figuerola, el mejor atleta de Cuba en 1963, actuaría
como juez de llegada y disfrutó hasta el delirio el
primer sprint, ese embalaje final en busca de la raya horizontal
y del descanso. El joven Pipián tiró con impulso
brutal su bicicleta sobre la línea y un bayamés
lo advirtió, cual profeta en su tierra. “Éste
va a ser el campeón”.
Claro que hubo que andar mucho, muchísimos kilómetros
para ello. Y vivir sucesos aparatosos y trágicos como
el choque tumultuoso con un camión a la entrada de
Camagüey, donde piernas, brazos y caras ensangrentadas
podían quitar las ganas a muchos de proseguir. Sin
embargo, afloraron los gestos heroicos. Solo Gainza quedó
hospitalizado en la tierra de los tinajones, en tanto la tropa,
crecida de valor y entrega continuó la Vuelta.
Y de los que continuaron, León Antonio Herr, impresionó
sobremanera por su entereza y amor al deporte. El hueso de
su pierna izquierda se veía perfectamente en la herida
hecha durante la colisión. “Tienes que abandonar
la Vuelta”, le aconsejó el doctor Triay. “Solo
muerto no me dejarán salir mañana”, respondió
el espartano del evento, que soportó dolores y curas
terribles en la semana restante, pero arribó al Capitolio
de La Habana con un segundo puesto increíble, pero
cierto. Una disimulada cojera le recuerda aquel gesto inmortal.
23 de febrero de 1964. 12 del mediodía. El Paseo del
Prado fue pequeño para la multitud. “Nunca antes
había visto tanto entusiasmo aquí por el ciclismo”,
acotó asombrada una madre a su hijo. ¡Ahí
viene, Pipián, ahí viene, Pipián!, le
interrumpió el pequeño con saltos de euforia.
La despedida de la Vuelta conmovió a la Isla entera.
Había sido posible con pocos recursos y millones de
problemas organizativos por el camino, con albergues al aire
libre para algunos y mala comida en unas cuantas etapas, con
apoyo incondicional de muchos organismos y el escepticismo
de pocos.
La ciudad ambulante tenía ya vida. Paseiro y Pipián
lo demostraban.
(Tomado de www.cubahora.co.cu)
|