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El joven Céspedes
Por Alicia
Centelles

Como un sol de llamas que se hunde
en el abismo, cayó el Padre de la Patria.
(Tomado de www.es.wikipedia.org) |
Con luz propia se yergue en nuestra historia
la figura patricia de Carlos Manuel de Céspedes, el
Padre de la Patria, quien aportó a nuestras tradiciones
patrias el desinterés y la entrega total, la valentía
y la honradez.
Son muchos los textos en los que vemos reflejada
la figura y gallardía de este patriota cubano, nacido
el 18 de abril de 1819 en Bayamo, la Ciudad Monumento de nuestros
días. Pero ¿cómo era en realidad el joven
Céspedes?
Hijo de una familia acomodada, desde temprana
edad dio muestras de una preclara inteligencia. Graduado de
bachiller en Derecho el 22 de marzo de 1838, trabajó
como pasante en La Habana durante algún tiempo, para
adiestrarse en la profesión, y más tarde regresó
a su tierra natal.
Pero su afición por los estudios
no impidió que se enamorara de su prima María
del Carmen Céspedes y López del Castillo, una
de las bayamesas más bellas de su época. Se
casaron el 18 de abril de 1839, el mismo día en que
el futuro Padre de la Patria cumplía veinte años,
y su primer hijo nació el 3 de enero de 1840.
Tener ya una familia no fue óbice
para que marchara a España, donde se graduó
en Jurisprudencia en la Universidad de Madrid. Y como era
habitual entre los jóvenes adinerados de su época,
Carlos Manuel viajó luego por Inglaterra, Francia,
Suiza, Grecia, Alemania, Italia e incluso la lejana Turquía.
Muestra de su facilidad para los idiomas es que al regresar
a Bayamo en 1844, hablaba latín, inglés, catalán,
francés e italiano.
Al año siguiente nació su
segundo hijo, Oscar, quien, apresado muchos años más
tarde por las tropas españolas, provocara que su padre
pronunciara estas históricas palabras: “Oscar
no es mi único hijo, lo son todos los cubanos que mueren
por las libertades patrias”.
Quien nos legara también la frase
que contiene la patriótica decisión de Independencia
o muerte, estableció su bufete de abogado
en su ciudad natal y se dedicó al cultivo de las letras.
Quizás no muchos conozcan que Céspedes escribió
comedias, tradujo versos de Virgilio y fue él mismo
autor de inspirados poemas. Poseía además amplios
conocimientos musicales y era un gran orador; también
se distinguía por su habilidad en la esgrima, la gimnasia
y la equitación, cualidades que le serían muy
útiles durante su vida en campaña.
El ferviente patriotismo que siempre caracterizó
la conducta de Carlos Manuel de Céspedes, aun desde
su juventud, tuvo numerosas manifestaciones que le valieron
la animadversión de las autoridades colonialistas españolas.
Uno de esos incidentes ocurrió en un banquete ofrecido
para celebrar el nacimiento de la princesa de Asturias. El
insigne patriota se negó a brindar por la corona de
España, lo cual le valió ser confinado durante
cuarenta días en Palma Soriano.
Posteriormente fue desterrado a Baracoa,
y luego a Manzanillo. Además, después de las
ejecuciones de D’Strampes y Pintó lo condenaron
a vivir durante ocho meses en el navío Soberano, surto
en el pueblo santiaguero.
El estar constantemente sometido a la vigilancia
del gobierno colonial, no le impidió a Carlos Manuel
de Céspedes conspirar activamente por la libertad de
Cuba y convertirse en el jefe supremo de la revolución.
Los historiadores recogen en sus obras que
el también autor de “La Bayamesa” junto
a su primo Fornaris, fue un joven amante de las reuniones
sociales, de las conversaciones inteligentes y del trato con
hermosas mujeres. Pero lejos de él estaban toda frivolidad
o libertinaje. Su madurez de carácter y en el plano
político tuvo su máxima expresión aquel
día de octubre de 1868, cuando, dejando atrás
comodidades y riquezas, dio el valiente paso de liberar a
sus esclavos y lanzar el grito que convocaba a la lucha a
todos los cubanos.
Ya en el fragor de la lucha revolucionaria,
Céspedes fue investido como primer presidente de la
República de Cuba en Armas el 12 de abril de 1869.
Su destitución años más tarde, uno de
los hechos que abonó el camino para el florecimiento
de la indisciplina y el regionalismo que tanto nos costaron,
no hizo variar en nada las concepciones patrióticas
que lo llevaron a alzarse en su ingenio La Demajagua.
En una de sus últimas cartas a su
familia, describe con cuánta sencillez vive, junto
a su hijo Carlitos, en la casita de guano “bien cobijada
y con buenas maderas”, donde se había retirado
en el poblado de San Lorenzo, situado en las estribaciones
de la Sierra Maestra. incluso allí, en medio de una
vida más tranquila, siguió siendo útil
a su pueblo, pues se dedicó a alfabetizar a los niños
campesinos de la zona. Y siempre, siempre, con Cuba en el
corazón y en el pensamiento.
En ese humilde paraje fue sorprendido por
tropas españolas, y, herido, cayó en un barranco,
“como un sol de llamas que se hunde en el abismo”,
diría otro gran patriota cubano, Manuel Sanguily.
Quizás no todas las acciones de Carlos
Manuel de Céspedes fueron correctas desde el punto
de vista político o en relación con el contexto
en que se desenvolvió, pero nadie puede dejar de sentirse
conmovido ante el patriotismo, la firmeza y la absoluta abnegación
de un hombre a quien el brillo de su cuna ni el medio en que
creció le impidieron reconocer que la lucha armada
era el verdadero camino para que su patria se convirtiera
en un país libre y soberano. Y así lo expresó
con su verbo vibrante: ”Cuba no solo tiene que ser libre,
sino que no puede ya volver a ser esclava.”
Quizás nadie como nuestro más
grande intelectual, José Martí,
haya aprehendido la verdadera esencia del carácter
de Carlos Manuel de Céspedes. He aquí su certero
juicio:
“¡Mañana, mañana
sabremos si por sus vías bruscas y originales hubiéramos
llegado a la libertad antes que por las de sus émulos;
si los medios que sugirió el patriotismo por el miedo
de un César, no han sido los que pusieron a la patria,
creada por el héroe, a la merced de los generales de
Alejandro; si no fue Céspedes, de sueños heroicos
y trágicas lecturas, el hombre a la vez refinado y
primario, imitador y creador, personal y nacional; augusto
por la benignidad y el acontecimiento, en quien chocaron como
en una peña, despedazándola en su primer combate,
las fuerzas rudas de un país nuevo, y las aspiraciones
que encienden en la sagrada juventud el conocimiento del mundo
libre y la pasión de la República! En tanto,
¡sé bendito, hombre de mármol! “
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