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Jornada internacional por la liberación de los Cinco
Minisitio sobre la Jornada Internacional por la liberación de los cinco héroes cubanos presos en Estados Unidos por su labor antiterrorista.

IX Congreso de la UJC
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El Diablo Ilustrado

Hoy tenía que hablarte de amor, cada vez la distancia que interpone el papel —que es quien paradójicamente nos acerca— pesa más sobre las ganas del contacto directo, de esa amistad que se mira a los ojos. Pero es imposible, está pactado nuestro encuentro solo de sueños, de razones más allá de un nombre, de un gesto, de la piel.

Y no es mi voz la que te hablará, la que besará tus sentidos, es la de un amigo, que también en abril, con 20 años, tuvo un arranque de deseos en una noche lluviosa… y escribió desesperado para una muchacha. Hace tiempo que ese amigo escribió estas palabras, pero están tan frescas como acabadas de salir del tintero, porque en amor no hay ayer.

Léelas con cuidado y hallarás la hondura de un alma, sus anhelos de entregarse a un ideal, a una mujer, a los demás. Es la lucha interior de un ser de espíritu tan alto, que quisiera que me permitieras sellar una vez más nuestro lazo de unión con esa remota carta del amigo entrañable, José Julián, cual si en ella te diera su mejor abrazo… el Diablo Ilustrado.

Hora de lluvia
Me pediste ayer tarde una historia, para que fuese para ti —leyendo cosas mías—, menos triste esta noche en que no podíamos vernos.

Ahí te envío para que te entretengas en esta noche de lluvias, este cubano ligero que se parece tanto a la verdad —por tu hermoso capricho nacido, y escrito velocísimamente en noche lluviosa.

Que lo leas, mi Blanca.

Abril, 29 de 1873.

Mi Blanca: A las ocho y media empiezo a escribir para ti esta brevísima historia —feliz ya, porque nace de tu cariño y tu deseo.

Espacio estrecho es una hora, y cosa rápida y risible ha de ser todo lo que en ella precipitadamente escriba yo. Tiempo, papel —todo es estrecho para este poderoso amor que vive en mí.

Llueve copiosísimamente; llueve sin cesar. Es, Blanca mía —y no te rías— que el cielo mismo frunce el ceño, y se pone mohíno, y llora, porque no hemos podido hablarnos hoy. Tú eres el cielo.

Mi prólogo extravagante en verdad te dice aquí adiós.

Tú esperas un cuento; yo no puedo hacerte esperar: allá va a ti.

Era un hombre soberbiamente feo. De cabello rebelde, de cabeza erguida —con la boca demasiado grande, con la nariz demasiado redonda, de faz huesosa, de cejas oblicuas, de mirar altivo, de barba osada y puntiaguda. Así era el hombre.

Ni había en aquellos labios vestigio de sonrisa. Miraba, y parecía que gemía. Hablaba, y hacía daño su tristeza, —y miradas y palabras brotaban de aquella fisonomía como escondido dolor y como lágrimas.

—¿Qué, no eres feliz? —le preguntaron un día.

—¿Lo eres tú que lo preguntas? —contestó él. —Ni Dios mismo, si Dios es hombres, es feliz.

—¿Qué sufres? —le dijeron otra vez.

Y miró con cariño al que lo adivinaba, y respondió:

—No: vivo.

No era aquella una tristeza necia y vulgar, ni un dolor monótono ni una pena desconsolada y femenil. Era aquel un soberbio dolor.

—¿Qué, nada habrá que te cure? —le dijo en diciembre uno a quien él quería como hermano.

—Si la muerte fuera morirse, me curaría la muerte. Pero como morir es volver a vivir, ni la muerte me curará—. Esto dijo.

Él era acomodado, sui no rico; —joven, vigoroso, querido. ¿Qué espíritu era aquel que en estas condiciones sufría?

—¿Qué tienes? —le preguntó el que lo quería tanto.

—Ni patria ni amor. ¿Entiendes que un corazón lata en vano, y no sepa el miserable por qué late? ¿Entiendes tú, que un alma se sienta repleta de vigor, ardiente para amar, henchida con intentos generosos, —y no sepa en qué ha de emplear su fortaleza ni encuentre cosa digna de poseer sus ansias ni halle dónde verter su generosidad? —Así vivo yo. Yo siento un mí una viva necesidad, u potente deseo, una voluntad indomable de querer; yo vivo para amar; yo muero de amores, —y he querido encarnarlos en la tierra, y una fue carne y otra vanidad, y otra mentira y otra estupidez, y entre tantas mujeres para los ojos, no halló el alma una sola mujer.

La patria me ha robado para sí mi juventud.

Mi corazón se va lleno de ira de esas necias criaturas que lo usan, que lo desean, que lo aman quizás, pero que no son capaces de entenderlo. —Y vivo cadáver, encerrado en extraño país; —avergonzado de tanto necio amor. Y vivo muerto. Si hallas tú alguna vez unos ojos más claros que la luz, más puros que el primer amor, más bellos que la flor de la inocencia; —para mí los guarda, para mi ansiedad los educa, dilo al instante, hermano mío, a esta alma enamorada que se muere por no tener a quién amar.

 

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