| El
Diablo Ilustrado
Hoy tenía que hablarte de amor, cada
vez la distancia que interpone el papel —que es quien
paradójicamente nos acerca— pesa más sobre
las ganas del contacto directo, de esa amistad que se mira
a los ojos. Pero es imposible, está pactado nuestro
encuentro solo de sueños, de razones más allá
de un nombre, de un gesto, de la piel.
Y no es mi voz la que te hablará,
la que besará tus sentidos, es la de un amigo, que
también en abril, con 20 años, tuvo un arranque
de deseos en una noche lluviosa… y escribió desesperado
para una muchacha. Hace tiempo que ese amigo escribió
estas palabras, pero están tan frescas como acabadas
de salir del tintero, porque en amor no hay ayer.
Léelas con cuidado y hallarás
la hondura de un alma, sus anhelos de entregarse a un ideal,
a una mujer, a los demás. Es la lucha interior de un
ser de espíritu tan alto, que quisiera que me permitieras
sellar una vez más nuestro lazo de unión con
esa remota carta del amigo entrañable, José
Julián, cual si en ella te diera su mejor abrazo…
el Diablo Ilustrado.
Hora de lluvia
Me pediste ayer tarde una historia, para que fuese para ti
—leyendo cosas mías—, menos triste esta
noche en que no podíamos vernos.
Ahí te envío para que te entretengas
en esta noche de lluvias, este cubano ligero que se parece
tanto a la verdad —por tu hermoso capricho nacido, y
escrito velocísimamente en noche lluviosa.
Que lo leas, mi Blanca.
Abril, 29 de 1873.
Mi Blanca: A las ocho y media empiezo a
escribir para ti esta brevísima historia —feliz
ya, porque nace de tu cariño y tu deseo.
Espacio estrecho es una hora, y cosa rápida
y risible ha de ser todo lo que en ella precipitadamente escriba
yo. Tiempo, papel —todo es estrecho para este poderoso
amor que vive en mí.
Llueve copiosísimamente; llueve sin
cesar. Es, Blanca mía —y no te rías—
que el cielo mismo frunce el ceño, y se pone mohíno,
y llora, porque no hemos podido hablarnos hoy. Tú eres
el cielo.
Mi prólogo extravagante en verdad
te dice aquí adiós.
Tú esperas un cuento; yo no puedo
hacerte esperar: allá va a ti.
Era un hombre soberbiamente
feo. De cabello rebelde, de cabeza erguida —con la boca
demasiado grande, con la nariz demasiado redonda, de faz huesosa,
de cejas oblicuas, de mirar altivo, de barba osada y puntiaguda.
Así era el hombre.
Ni había en aquellos labios vestigio
de sonrisa. Miraba, y parecía que gemía. Hablaba,
y hacía daño su tristeza, —y miradas y
palabras brotaban de aquella fisonomía como escondido
dolor y como lágrimas.
—¿Qué, no eres feliz?
—le preguntaron un día.
—¿Lo eres tú que lo
preguntas? —contestó él. —Ni Dios
mismo, si Dios es hombres, es feliz.
—¿Qué sufres? —le
dijeron otra vez.
Y miró con cariño al que lo
adivinaba, y respondió:
—No: vivo.
No era aquella una tristeza necia y vulgar,
ni un dolor monótono ni una pena desconsolada y femenil.
Era aquel un soberbio dolor.
—¿Qué, nada habrá
que te cure? —le dijo en diciembre uno a quien él
quería como hermano.
—Si la muerte fuera morirse, me curaría
la muerte. Pero como morir es volver a vivir, ni la muerte
me curará—. Esto dijo.
Él era acomodado, sui no rico; —joven,
vigoroso, querido. ¿Qué espíritu era
aquel que en estas condiciones sufría?
—¿Qué tienes? —le
preguntó el que lo quería tanto.
—Ni patria ni amor. ¿Entiendes
que un corazón lata en vano, y no sepa el miserable
por qué late? ¿Entiendes tú, que un alma
se sienta repleta de vigor, ardiente para amar, henchida con
intentos generosos, —y no sepa en qué ha de emplear
su fortaleza ni encuentre cosa digna de poseer sus ansias
ni halle dónde verter su generosidad? —Así
vivo yo. Yo siento un mí una viva necesidad, u potente
deseo, una voluntad indomable de querer; yo vivo para amar;
yo muero de amores, —y he querido encarnarlos en la
tierra, y una fue carne y otra vanidad, y otra mentira y otra
estupidez, y entre tantas mujeres para los ojos, no halló
el alma una sola mujer.
La patria me ha robado para sí mi
juventud.
Mi corazón se va lleno de ira de
esas necias criaturas que lo usan, que lo desean, que lo aman
quizás, pero que no son capaces de entenderlo. —Y
vivo cadáver, encerrado en extraño país;
—avergonzado de tanto necio amor. Y vivo muerto. Si
hallas tú alguna vez unos ojos más claros que
la luz, más puros que el primer amor, más bellos
que la flor de la inocencia; —para mí los guarda,
para mi ansiedad los educa, dilo al instante, hermano mío,
a esta alma enamorada que se muere por no tener a quién
amar.
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