| Deseo
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| (Tomado
de www.myvalhalla.bitacoras.com) |
Isbel Yanet Gómez
Quesada es una joven estudiante de Derecho que reside en Guáimaro,
Camagüey . Este es uno de sus primeros escritos, y según
su propia autora, se trata de “un cuento sencillo de
unas cuantas líneas que pone al tanto al lector, más
que de la relación carnal entre hombre y mujer, de
las consecuencias que pueden derivarse del solo hecho de olvidar
por un momento nuestra propia vida, para vivir un deseo lleno
de irresponsabilidad y libre de ataduras”.
Esperamos tu comentario.
“…Si eres joven ama la vida, si no, ámala
también…”
Se quitó la ropa —como obligado
por el tiempo— ya le extrañaba que fuera ella
tan buena, teniendo esos grandes ojos traidores.
Pero se quitó la ropa —la deseaba
más que a su propia vida— la había deseado
desde niño y no se permitiría intervenir en
la oportunidad que hoy le daba la vida.
Ella lo miró, había visto
tantas veces lo mismo que nada le pareció fuera de
lo normal. Parecía un niño, temblaba, se preguntaba
el por qué, lo había pasado otras veces y había
resultado el ganador.
Pero aquella mujer lo impresionaba con su figura, con su altivez,
con su seguridad; no se percató de lo que él
sentía y para él fue mejor así, no podía
dominarse, era un manojo de nervios. Pero aquellos ojos lo
miraban, como queriendo fijarse a él y averiguarlo
todo acerca de su vida, aunque quizá no era eso lo
que ella realmente quería, pero estaba ahí,
tan asustado, tan inconscientemente fuera de sí que
ya imaginaba lo traidora que ella podía ser.
Pasaba por grandes momentos de irracionalidad,
el frío que sentía lo hacía temblar de
pies a cabeza, a pesar de ser una noche de verano capaz de
derretir el mayor de los icebergs. Él permanecía
desnudo; ella actuaba como si nunca hubiera pensado quitarse
la suya, pero el tiempo pasaba, el sudor frío corría
por las sienes de Luis y caía como gotas de rocío
por su rostro, ella no lo notaba, como si tuviera la mente
fija en una sola idea.
Exhaló el aire pesado que reinaba
en la habitación, ella miró los transeúntes
que pasaban por la calle a través del empañado
cristal del cuarto piso, nunca pensó en el desenlace
de esta situación, actuaba extrañamente, tal
vez tenía poco sentido pero más importancia
que la que ellos mismos le daban.
Él la deseaba. Acercó sus
frágiles y temblorosos labios a su cuello, apartó
con cuidado y temor sus finos cabellos y transcurrieron dos
minutos antes de comenzar a bajar la ropa. Primero rodó
su vestido, luego la ropa interior, un poco después,
rodaron los cuerpos fundidos en una unión indisoluble.
Él la seguía deseando —más
que a su propia vida—, convirtió su anhelado
sueño en realidad con un calor profundo que los hizo
estallar en un grito que rompió con el misterioso silencio
que dominaba, comenzaron los latidos fuertes de aquellos corazones
que se apresuraban en el andar, como queriendo salir de los
pechos jóvenes incapaces de pensar en las consecuencias
del desenfreno y la pasión carnal.
La hizo suya porque la deseaba, ella también
se dejó llevar por el deseo, quizá curiosidad,
quizá dinero, además de los vecinos, aquellos
ruidos del sexo también los sentían cien de
los verdes. Pero ella no fingía, al menos era lo que
Luis quería creer. Los movimientos de ambos se hicieron
cada vez más fuertes y rápidos, danzando a la
vez; era una batalla corporal que parecía no tener
final, pobre espejo, víctima fue la cama, el piso,
el viejo butacón, la mesita, ¡el techo del escaparate!
Todos víctimas de aquel loco y desenfrenado deseo.
Transcurrió el tiempo. Él
recorrió con caricias todo su ser, descubrió
cada huella de la vida sobre ella, marcó su piel con
mimos y ternura. La amó como se hubiese amado a él
mismo de haber podido. Ella también amó su bolsillo,
aunque en algún momento recorriera su cuerpo con alguna
idea loca en su cabeza.
Cuando compartieron su deseo se sintió
satisfecho y feliz, felicidad que dura instantes pero que
se desea más que la felicidad más duradera de
la vida.
Siempre permaneció callada, aunque también sintió
un fuerte pero agradable calambre por todo su cuerpo hasta
terminar tan extasiada como él.
Los minutos que siguieron parecieron horas
largas y sin final.
Ella se vistió, se fue, no cogió
nada, no pidió nada, ya se llevaba todo lo que por
años había buscado y que sin querer había
encontrado en Luis. Lo miró, sonrió, queriendo
llorar, pero no lloró; sabía que ya había
sucedido lo que no debió suceder y que los condenaría
para siempre a la oscura soledad de permanecer alejados de
la vida y atados a ella por un fino hilillo, que puede dejar
de sostenerlos en cualquier momento.
Él también lo sabía,
pero la deseaba y terminó así, prefiriéndola
a ella antes que a su propia existencia.
El reloj no dejó de avanzar, recordándole
que la vida para él comenzaba a ser más corta.
Se cerraron sus ojos y recordó el placer de hacerla
suya sin protección, se cerraron sus ojos con cierto
temor pero, con una sonrisa en los labios, dejó que
lo envolviera la gigantesca manta negra.
Él la deseó y las
tuvo, a las dos.
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