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Minisitio sobre la Jornada Internacional por la liberación de los cinco héroes cubanos presos en Estados Unidos por su labor antiterrorista.

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Deseo

Deseo.
(Tomado de www.myvalhalla.bitacoras.com)

Isbel Yanet Gómez Quesada es una joven estudiante de Derecho que reside en Guáimaro, Camagüey . Este es uno de sus primeros escritos, y según su propia autora, se trata de “un cuento sencillo de unas cuantas líneas que pone al tanto al lector, más que de la relación carnal entre hombre y mujer, de las consecuencias que pueden derivarse del solo hecho de olvidar por un momento nuestra propia vida, para vivir un deseo lleno de irresponsabilidad y libre de ataduras”.
Esperamos tu comentario.

“…Si eres joven ama la vida, si no, ámala también…”

Se quitó la ropa —como obligado por el tiempo— ya le extrañaba que fuera ella tan buena, teniendo esos grandes ojos traidores.

Pero se quitó la ropa —la deseaba más que a su propia vida— la había deseado desde niño y no se permitiría intervenir en la oportunidad que hoy le daba la vida.

Ella lo miró, había visto tantas veces lo mismo que nada le pareció fuera de lo normal. Parecía un niño, temblaba, se preguntaba el por qué, lo había pasado otras veces y había resultado el ganador.

Pero aquella mujer lo impresionaba con su figura, con su altivez, con su seguridad; no se percató de lo que él sentía y para él fue mejor así, no podía dominarse, era un manojo de nervios. Pero aquellos ojos lo miraban, como queriendo fijarse a él y averiguarlo todo acerca de su vida, aunque quizá no era eso lo que ella realmente quería, pero estaba ahí, tan asustado, tan inconscientemente fuera de sí que ya imaginaba lo traidora que ella podía ser.

Pasaba por grandes momentos de irracionalidad, el frío que sentía lo hacía temblar de pies a cabeza, a pesar de ser una noche de verano capaz de derretir el mayor de los icebergs. Él permanecía desnudo; ella actuaba como si nunca hubiera pensado quitarse la suya, pero el tiempo pasaba, el sudor frío corría por las sienes de Luis y caía como gotas de rocío por su rostro, ella no lo notaba, como si tuviera la mente fija en una sola idea.

Exhaló el aire pesado que reinaba en la habitación, ella miró los transeúntes que pasaban por la calle a través del empañado cristal del cuarto piso, nunca pensó en el desenlace de esta situación, actuaba extrañamente, tal vez tenía poco sentido pero más importancia que la que ellos mismos le daban.

Él la deseaba. Acercó sus frágiles y temblorosos labios a su cuello, apartó con cuidado y temor sus finos cabellos y transcurrieron dos minutos antes de comenzar a bajar la ropa. Primero rodó su vestido, luego la ropa interior, un poco después, rodaron los cuerpos fundidos en una unión indisoluble.

Él la seguía deseando —más que a su propia vida—, convirtió su anhelado sueño en realidad con un calor profundo que los hizo estallar en un grito que rompió con el misterioso silencio que dominaba, comenzaron los latidos fuertes de aquellos corazones que se apresuraban en el andar, como queriendo salir de los pechos jóvenes incapaces de pensar en las consecuencias del desenfreno y la pasión carnal.

La hizo suya porque la deseaba, ella también se dejó llevar por el deseo, quizá curiosidad, quizá dinero, además de los vecinos, aquellos ruidos del sexo también los sentían cien de los verdes. Pero ella no fingía, al menos era lo que Luis quería creer. Los movimientos de ambos se hicieron cada vez más fuertes y rápidos, danzando a la vez; era una batalla corporal que parecía no tener final, pobre espejo, víctima fue la cama, el piso, el viejo butacón, la mesita, ¡el techo del escaparate! Todos víctimas de aquel loco y desenfrenado deseo.

Transcurrió el tiempo. Él recorrió con caricias todo su ser, descubrió cada huella de la vida sobre ella, marcó su piel con mimos y ternura. La amó como se hubiese amado a él mismo de haber podido. Ella también amó su bolsillo, aunque en algún momento recorriera su cuerpo con alguna idea loca en su cabeza.

Cuando compartieron su deseo se sintió satisfecho y feliz, felicidad que dura instantes pero que se desea más que la felicidad más duradera de la vida.

Siempre permaneció callada, aunque también sintió un fuerte pero agradable calambre por todo su cuerpo hasta terminar tan extasiada como él.

Los minutos que siguieron parecieron horas largas y sin final.

Ella se vistió, se fue, no cogió nada, no pidió nada, ya se llevaba todo lo que por años había buscado y que sin querer había encontrado en Luis. Lo miró, sonrió, queriendo llorar, pero no lloró; sabía que ya había sucedido lo que no debió suceder y que los condenaría para siempre a la oscura soledad de permanecer alejados de la vida y atados a ella por un fino hilillo, que puede dejar de sostenerlos en cualquier momento.

Él también lo sabía, pero la deseaba y terminó así, prefiriéndola a ella antes que a su propia existencia.

El reloj no dejó de avanzar, recordándole que la vida para él comenzaba a ser más corta. Se cerraron sus ojos y recordó el placer de hacerla suya sin protección, se cerraron sus ojos con cierto temor pero, con una sonrisa en los labios, dejó que lo envolviera la gigantesca manta negra.

Él la deseó y las tuvo, a las dos.


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