| ¿Por
qué nos llamamos como nos llamamos?
Por Alicia
Centelles
En todos los idiomas hay nombres que tradicionalmente se consideran
masculinos o femeninos, aunque algunos, por ejemplo Trinidad,
Lourdes o Amparo, se aplican para ambos sexos en español.
En Cuba, en los últimos tiempos,
han proliferado nombres propios de curiosa formación
e incluso de difícil pronunciación. Quienes
los emplean deben saber que estudios sicológicos han
demostrado que los apelativos poco habituales o que provocan
la utilización de apodos
o diminutivos, pueden tener un efecto negativo sobre la personalidad.
En cuanto a los apellidos, en la mayoría
de las sociedades existen nombres adicionales al individual
o de pila, que generalmente designan diferentes identificaciones
públicas del individuo.
El orden de los apellidos
varía
Los apellidos se refieren a la situación del individuo
en la estructura de parentesco, su oficio, título de
nobleza u orden de nacimiento. En España surgieron
los que hacían referencia a lugares o construcciones,
como Toledo y Castillo.
Otros reflejan las ocupaciones en la Edad Media, como el español
Herrero y sus equivalentes Smith en inglés, Schmidt
en alemán y Kovacs en húngaro.
El parentesco o la descendencia se indican
en nuestro idioma con el sufijo EZ, como Pérez; en
escocés con el prefijo MAC, y en inglés con
el sufijo SON. El orden de los apellidos varía según
la nación.
En Europa Occidental y Estados Unidos se
utilizan el nombre de pila, un segundo nombre y el apellido.
Entre los chinos la primera parte es el apellido, la segunda
el nombre de generación y la última el nombre.
En Hungría primero va el apellido y a continuación
el nombre de pila.
Los topónimos también
describen
Lo que son para las personas sus nombres y apellidos, son
para los lugares los llamados topónimos.
Muchos sitios de nuestro planeta tienen nombres descriptivos,
como Bahía de los Truenos o Le Havre, que significa
puerto en francés. Otros recuerdan
una personalidad famosa, como las cataratas Victoria o Cincinnatti.
Ciudades en Norte y Sudamérica
llevan el mismo nombre de urbes europeas, como Cambridge,
Córdoba, e incluso de la antigüedad, como Roma
e Ítaca. Todas las naciones poseen agencias que regulan
y recomiendan cambios de nombres geográficos. Algunos
que variaron por algún hecho histórico, a veces
han recuperado su forma original. En nuestros días,
un comité de la ONU
estandariza el uso de los topónimos.
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