Ellos le
hablan a la juventud |
Compatriotas:
Con la fuerza indetenible de
nuestras ideas se alza hoy, en esta explanada, impetuoso y
viril el Monte de las Banderas, espacio donde confluyen 138
mástiles con la enseña nacional, representando
cada año de lucha incesante y ardorosa de nuestro pueblo,
desde 1868 hasta hoy, convirtiéndose en la más
contundente respuesta de la nación ante la ignominia
del imperio decadente, arrogante y soberbio que nos agrede
con descomunal orfandad e insuperable cinismo.
Y debemos reiterar con toda energía que la actitud
desvergonzada y ultrajante de esa pérfida y provocadora
Oficina de Intereses se estrellará contra la coraza
moral, el honor y la dignidad de un país que con la
elevada estatura política que le ha hecho ganar autoridad
y prestigio en todo el planeta ante cada diluvio de calumnias
y mentiras responderá con una avalancha de ideas y
argumentos. Cada patraña que como afrenta a nuestra
historia se engendre desde ese cubil naufragará ante
el torrente que emana del decoro y los principios de esta
tierra donde con voz propia fundamos una sociedad más
humana, justa e invencible.
Conocemos muy bien que en su perenne enajenación, alimentada
cada vez más por cabos y sargentos trasnochados y fanfarrones,
diseñan nuevas fechorías que con su inefectividad
confirman que no habrá fuerza humana sobre la faz de
la tierra capaz de derrotar a los que como gladiadores indomables
con el Comandante en Jefe al frente le propinamos el fulminante
golpe de pueblo que en marcha apretada e impresionante concentración
desfiló el 24 de enero.
Y también sabemos cómo a lo largo de estas conmovedoras
jornadas de homenaje a nuestros mártires hemos estremecido
los endebles cimientos de esa construcción apócrifa
y que más de una de las marionetas del amo prepotente
ha permanecido desconcertada desandando presurosa re¬cintos
aisladores sin conciliar el sueño, te¬merosa de
nuestro ejemplo.
Y aquí está vibrante, magnánima, nuevamente
desde lo más hondo de su alma y conciencia, la Patria
grande y libre que echó su suerte con los pobres de
la tierra levantando al firmamento el más puro de nuestros
símbolos.
Esa bandera, multiplicada en 138 lanzas protectoras de la
honra y el decoro trasunta el espíritu de Baraguá
y Girón, de Baire y el Moncada, de Las Guásimas
y El Uvero, de Peralejo y La Plata, del Granma y Cuito Cuanavale.
Fue la que marchó a la vanguardia en cada combate de
las caballerías mambisas y de las tropas rebeldes,
la que con esmero bordaron nuestras mujeres para entregar
a los que desenfundando ideas y machetes, a torso descubierto,
se inmolaron para que jamás cayera en manos enemigas.
La que a partir de ahora admiraremos en su vuelo libre y cadencioso
no es un pabellón frágil y vulnerable, sus fibras
y tejidos están impregnados del acero fraguado ininterrumpidamente
por todas las generaciones de cubanos. Cada partícula
de su estructura es depositaria de las más acendradas
convicciones de lucha de los que nos hemos entregado con pasión
a la causa de todos y para el bien de todos.
Por eso ante la infamia y el odio visceral de aquellos a los
que el Apóstol definió como “necios que
tenían en poco las cosas grandes” al mismo tiempo
en que con su agudeza les decía que “hay debilidad
en todo alarde innecesario de fortaleza”, se empina
al cielo este monte tupido de símbolos y esperanzas,
de tradiciones y futuro en el que resplandece esa insignia
que vio a los bravos batiéndose juntos, la que orgullosa
lució en la pelea sin pueril ni romántico alarde,
la que no ha sido jamás mercenaria, la que en el fondo
de oscuras prisiones no escuchó ni la queja más
leve, la que sus huellas en otras regiones son letreros de
luz en la nieve.
En sus mentes fantasiosas debe resonar con renovados bríos
el concepto de que mientras exista un solo cubano estará
de pie y combatiendo en defensa de esa bandera que constituye
una acusación constante y universal a los que usurparon
territorios, masacraron poblaciones autóctonas enviadas
luego a reservaciones que, sin exagerar un ápice, fueron
la génesis de los campos de concentración hitlerianos,
a los que plagaron de miseria estas tierras, despreciaron
la cultura e identidad de nuestros pueblos y las pisotearon
con sus botas en el intento vano de borrarlas.
Cada estandarte que oscile con amplitud cardinal será
un latigazo en la conciencia a los que lanzaron bombas atómicas,
a los que incendiaron con napalm al pueblo vietnamita, a los
que entrenaron a los torturadores asesinos de decenas de miles
de hijos de este continente, los que empleando invariablemente
algún pretexto arrojan sobre tierras sagradas y culturas
milenarias sus proyectiles genocidas. El Maine lo confirma
a la distancia de un siglo. A los que cien años después
de la Guerra de Sece¬sión apaleaban y apedreaban
a los negros y les impedían subir a los automóviles
y acceder a los espacios públicos. Ellos por el color
de la piel asesinaron a Shaka Sankofa, Ama¬dou Diallo
y condenaron a Leonard Pel¬tier y Mumia Abu Jamal.
Cuando hace apenas unos instantes en solemne ceremonia nuestros
jóvenes camilitos —herederos, como todo el pueblo,
de aquel Señor de la Vanguardia al que primero le sería
más fácil dejar de respirar que dejar de ser
fiel a la confianza de Fidel— desplegaron para que contempláramos
majestuosa la bandera, también derrotábamos
a los halcones y aguiluchos que deliran con un pasado al que
no regresaremos nunca.
Ellos dejaron morir con escalofriante quietud a los olvidados
de New Orleans. Martin Luther King y Malcolm X representaron
con hidalguía a quienes no solo son hermanos porque
sus ancestros y los nuestros se remontan a la madre africana
que vio cómo le eran arrancados del vientre los vástagos
más fuertes sino porque siempre hemos estado en la
misma trinchera para hospedar a Fidel en su corazón
desde el seno de un Harlem impenetrable para los racistas
y hospitalario incomparable para los amigos o para clamar
con palabras emocionadas por la libertad de Ángela
Davis.
El Katrina develó una vez más la deshumanización
de quienes violaron los preceptos de Lincoln al no representar
a toda una nación. Con el paso dantesco del huracán
los pobladores del mítico Mississippi demostraron que
no se pueden matar los sueños de los líderes
que desafiaron a los bárbaros y a los encapuchados
del Ku Klux Klan con su talento y ejemplo.
Su legado resurge hoy en millones de pobres y ciudadanos humildes
que no se resignan a ser esclavizados. Palpita en quienes
como Lucius Walker y Cindy Sheehan, con su incansable peregrinar
en la búsqueda de la paz, siembran en el alma de miles
de jóvenes el principio de que otro mundo mejor es
posible. Esos que junto a las más diversas etnias obran
desde nuestra Es¬cuela Latinoamericana de Medicina y otras
muchas universidades el milagro de amar y crear. Policromía
virtuosa que no puede ser contemplada desde el espectro de
los mercaderes imperiales.
Compañeros de lucha:
Hoy, 24 de febrero, a 111 años del Grito de todos los
cubanos, late entre nosotros el espíritu inapagable
de quienes se alzaron para conquistar toda la justicia. Juan
Gualberto, Guillermón, Saturnino, Barto¬lomé,
Quintín, Periquito y el resto de aquellos guerreros
inmortales están también aquí, como los
jóvenes que 50 años atrás dieron a conocer
oficialmente la creación del Directorio Revolucionario,
brazo armado de la FEU, que mediante la coordinación
de esfuerzos y férrea cohesión ideológica
sentó las bases en el movimiento estudiantil que condujeron
a la firma por Fidel y José Antonio de la Carta de
México, documento cimero de la unidad revolucionaria,
y a las heroicas acciones del 13 de Marzo.
Y es precisamente en esta fecha gloriosa que las más
jóvenes generaciones de revolucionarios, herederas
de ese legado inextinguible de lucha, proclamamos que ante
la inmensidad de este bosque frondoso quedará derrotada
cada tergiversación, cada mensaje manipulado y descontextualizado,
cada injuria, cada provocación vulgar y oprobiosa.
Por eso, desde esta tribuna
de combate en un año de especiales conmemoraciones
históricas, ante esa bandera, la de Martí, Céspedes,
Agramonte, Gómez, Maceo; la de Mella, Villena, Guiteras,
la de Abel, José Antonio, Camilo y el Che, la de los
caídos en nuestras luchas, la que exige justicia por
los que han perdido la vida o quedado incapacitados, víctimas
de atroces y criminales actos terroristas —a los que
con emoción y firmeza, a lo largo de la luctuosa y
conmovedora vigilia desarrollada por representantes de todo
nuestro pueblo, le rendimos infinito homenaje con la certeza
de que su ejemplo imperecedero nos compulsa desde la cotidianidad
en cada faena—, la de los cientos de miles de compatriotas
que han cumplido misiones internacionalistas, la de los que
derramaron su sangre luchando contra la xenofobia y el apartheid,
la que nuestros campeones han paseado por todo el orbe, la
que se eleva enhiesta cada mañana mirando el Himalaya
a través de las manos de jóvenes doctores, la
que flamea en una aldea misquita, en los Andes o la Amazonia
venezolanos, en comunidades mapuches o aymaras, la que brota
irreductible desde los pechos de René, Fernando, Ramón,
Antonio y Gerardo, ante la de Fidel y Raúl juramos
que la Revolución es invencible porque trincheras de
ideas valen más que trincheras de piedras y una causa
justa desde el fondo de una cueva puede más que un
ejército.
Y esas ideas, las de Guaicaipuro, Tupac Amaru, Miranda, las
de Bolívar, Sucre, San Martín, las de Juárez,
Alfaro, Morazán, Hos¬tos, Sandino, las de Marx,
Engels y Le¬nin, las de Ho Chi Minh, Gandhi, las de Amílkar,
Lumumba, las de Mandela, Chávez y Evo, fulguran inexpugnables
cada segundo en que se yergue desde este altar sagrado la
bandera cuya estrella solitaria ilumina y mata.
Nada podrá quebrantar nuestro aliento y ella, desde
este cerro o cualquier otra espesura donde se agigante, proseguirá
señalando que el arroyo de la sierra con su sencillez
y grandeza derrotará al océano revuelto, incapaz
de contener los flujos que brotan cual sabia nutricia desde
el manantial límpido de la patria.
Compatriotas:
Nuestra enseña nacional se izará cada vez que
sea necesario en horas solemnes de la Patria o en las futuras
batallas que libremos por Cuba y por el mundo. En este combate
incesante la representará permanentemente la bandera
negra de la estrella blanca que en nombre del pueblo enérgico
y viril ha hecho temblar nuevamente la injusticia.
Al culminar este memorable acto se extenderá durante
24 horas una Guardia de Honor que se convertirá en
testimonio extraordinario de la voluntad inquebrantable de
los cubanos de defender a cualquier precio y frente a todos
los imperios nuestra sagrada independencia.
De cualquier manera —escuchen bien— nuestras banderas
no serán arriadas, no se plegarán, permanecerán
señeras, altivas, vigilantes. Como centinelas insomnes
de la patria en amaneceres y crepúsculos, resistirán
hermosas y puras vendavales y tempestades y podrán
divisarse como las más bellas que existen, en el llano,
en el mar y en la cumbre.
Ni amenazas, ni agresiones, ni acciones terroristas, ni bloqueos,
ni leyes de ajuste, ni cabildeos, ni pistoleros de mente calenturienta,
ni cipayos sietemesinos financiados por puestos de mando,
ni imperios fascistas podrán doblegar al pueblo noble
y culto que estará junto a Fidel y Raúl, junto
al Partido y a la Revolución con su bandera en la primera
línea para morir combatiendo en defensa de la patria
si fuera preciso, convencidos de que:
Si deshecha en menudos pedazos
llega a ser mi bandera algún día
nuestros muertos alzando los brazos
la sabrán defender todavía
¡Viva nuestro invencible Comandante en Jefe!
¡Patria o Muerte!
¡Venceremos!
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