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A la vista: Río de Janeiro

Por Joel García

Una definición sintética y rápida de los Juegos Panamericanos no escatimaría más palabras que estas: festival de deportes y amistad de los países de América cada cuatro años.

La historia pasada y presente de tamaño festival no puede obviar la actuación cubana, animadora perenne con sus mejores figuras, segunda potencia deportiva de este continente y entre las diez primeras del mundo.

Una historia imprescindible
Aunque los I Juegos se celebraron en Buenos Aires, 1951, su origen data de dos décadas antes. Durante el Congreso Olímpico que coincidió con la celebración de los Juegos estivales de 1924 en París, Francia, los dirigentes de los Comités Olímpico Nacionales de Cuba, Guatemala y México propusieron que se establecieran juegos regionales, en los que participarían los países de Centroamérica.

Esta idea se convirtió en realidad dos años después cuando Ciudad de México sirvió de anfitriona a los primeros Juegos Centroamericanos.

Durante los Juegos Olímpicos de 1932, que se celebraron en Los Ángeles, algunos de los representantes de las delegaciones de Latinoamérica secundaron la iniciativa de celebrar juegos regionales, pero para toda América.

Esta propuesta logró finalmente que se reuniera en Buenos Aires, por primera vez, el Congreso Deportivo Panamericano en agosto de 1940. El cónclave eligió a la capital argentina como sede de los primeros Juegos Panamericanos en 1942, pero la Segunda Guerra Mundial obligó a la postergación hasta casi una década después.

Un segundo Congreso Deportivo Panamericano se reunió en Londres durante los Juegos Olímpicos de 1948, y allí resurgieron los planes. La primera cita continental quedó inaugurada oficialmente en Buenos Aires el 25 de febrero de 1951, con la concurrencia de más de 2 200 atletas provenientes de 22 países, quienes lidiaron en 19 modalidades.

La organización que gobierna la confrontación de los músculos más importante de nuestro hemisferio, cambió su nombre en 1955 por el de Organización Panamericana de Deportes (Pan American Sports Organization). En la actualidad agrupa a 42 naciones de América del Norte, América Central, Sudamérica y el Caribe, tiene su sede permanente en Ciudad de México y la preside desde 1975 el azteca Mario Vásquez Raña, quien también es miembro del Comité Olímpico Internacional.

A lo largo de más de 50 años, los Juegos Panamericanos jamás se han dejado de disputar y han pasado por ciudades de todas las áreas de nuestro continente.

En cada edición fueron aumentando de tamaño e importancia y se duplicó el número de países, atletas y modalidades, hasta tornarse una de las principales competiciones del calendario deportivo mundial.

Cuba en dos tiempos
La tarde del 27 de febrero de 1951 no fue efímera o lenta para el deporte cubano. El bólido camagüeyano Rafael Fortún se alistó en la pista del Estadio Olímpico de Buenos Aires, y una decena de segundos después disfrutaba de su victoria en los 100 metros sobre el estadounidense Arthur Bragg (ambos hicieron 10,6 segundos).

Los éxitos del deporte cubano comenzaban gracias a las piernas de Fortún y los nueve títulos de nuestra delegación en la lid gaucha, donde ocupamos el tercer lugar por naciones.

Luego vendrían desempeños sumamente discretos en las ediciones de México 1955 y Chicago 1959, donde apenas conseguimos tres doradas en ambas.

El triunfo de la Revolución abrió la masificación del deporte y la atención priorizada a los atletas de alto rendimiento. Poco a poco el espacio real de la actividad del músculo ganó su espacio. Los cuatro oros en la lid de Sao Paulo 1963 y los ocho de Winnipeg 1967 auguraron el salto definitivo que daría el movimiento de la Isla en Cali 1971.

En la cita colombiana, una treintena de doradas permitió la ubicación final de Cuba en el segundo puesto por países, en tanto por vez primera se sobrepasó la cifra de 100 medallas y Canadá era desplazado a un escalón más abajo, tercer lugar.

El triplista Pedro Pérez Dueñas (17,40) se convirtió en el primer recordista mundial de estas confrontaciones y en la noticia más trascendental de los aquellos Juegos.

Cuatro años más tarde, México 1975, la Isla sumó el primer centenar de campeones en estas justas, mientras que en Caracas 1983 superamos la barrera de los 200 y en Indianápolis 1987 la de los 300. En casa propia, Habana 1991, los premios se dispararon hasta 140 títulos y 265 preseas en total, tope que permitió desplazar del trono en la tabla final, por única vez en la historia, a la representación de Estados Unidos.

En sus 14 participaciones, la Isla ha conseguido 1 662 medallas y casi la mitad de ellas (809) han sido en las últimas cuatro ediciones, cosecha que se comporta proporcionalmente con la extensión del formato competitivo y refleja al mismo tiempo una potencialidad en efervescencia.

Esta cifra redonda e histórica, a la que no llegará la gran mayoría de los países del continente en los próximos 100 años —y muchos ni siquiera en la centuria de más arriba—, Cuba pudiera aumentarla en la segunda reunión continental del siglo XXI en Río de Janeiro, Brasil, donde también debe alcanzar los 800 metales áureos (suman ahora 723 campeones).

Detrás de cada uno de estos números hay nombres inolvidables, cargados de anécdotas, entrega, trofeos y aplausos. Silvio Leonard (único en ganar dos veces consecutivas la prueba del hectómetro), la discóbola Carmen Romero, los boxeadores Rolando Garbey, Orestes Solano y Félix Savón, la floretista Margarita Rodríguez, la judoca Legna Verdecia, el triplista Yoelvis Quesada, (estos últimos con tres cetros en igual número de apariciones en estos certámenes).

El Festival del deporte y la amistad en América está a punto de celebrar “sus quince” en Río de Janeiro del 13 al 29 de julio. Cuba, erguida y segura, pretende justificar tanta historia con más medallas y honor.

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