| ¿Cómo
es posible que durante siglos media humanidad haya discriminado
a la otra mitad?
De hombres y de mujeres
Por IWC
Desde la cuna de nuestra civilización
occidental, en la Grecia antigua de Platón y Aristóteles,
ser mujer no era algo precisamente deseable. Las féminas
tenían el mismo estatus social que los esclavos, privadas
de derechos cívicos y participación política.
Ya en la obra “La República”,
de Platón, basada en la búsqueda de la construcción
de una sociedad perfecta, el filósofo reconoce una
misma naturaleza en el hombre y la mujer; debido a esta igualdad,
para él era lógico que ambos tuviesen las mismas
oportunidades a través de una educación igualitaria.
En cambio, fue Thomas
Hobbes, filósofo materialista inglés contemporáneo
de la Revolución Burguesa en su país, el primero
en cuestionarse la desigualdad entre los dos sexos, así
como la autoridad patriarcal.
Esto, quizá, fue factor importante
para los movimientos feministas (primeros en la defensa de
los derechos de la mujer), ya que cuando discutió la
autoridad masculina y dejó de justificar la misma como
una ley natural, abrió infinitas puertas que siempre
llegaban al mismo resultado: ¿Por qué entonces
la diferencia de géneros, al menos socialmente hablando?
Fue Hobbes, verdaderamente, el primero que
puso en entredicho el valor universalista de la desigualdad
juzgada hasta el momento, con lo que se convirtió en
uno de los principales defensores de la equidad.
Pero mucha tela se ha cortado desde allá
hasta nuestros tiempos.
Varón, masculino,
supermacho
El esquema del supermacho no es nuevo. Juegos para niños:
espada, pelotas, patines. Juegos para niñas: muñecas,
cocinitas, escoba. Se preparan así, desde la infancia,
para los distintos roles sociales que desempeñarán
en el futuro.
Si nos centramos básicamente en la
formación recibida por los distintos sexos, es notable
que la educación hace hincapié en la concepción
de que la mujer es más débil que el hombre y
que este debe ser preparado para tomar decisiones, afrontar
riesgos y ser dominador de las situaciones que se presenten
en el transcurso de la vida.
Este paradigma es incorrecto, inaceptable,
incluso, demostrado científicamente. Un reciente estudio
publicado por el psicólogo brasileño Lair Ribeiro
revela que: “Hay ocho inteligencias diferentes en cada
ser humano que pueden ser desarrolladas: verbal, matemática,
musical, espacial, corporal, intrapersonal, interpersonal
y naturalista. En cinco de ellas, las mujeres son superiores
a los hombres. Por ejemplo, en la verbal y también
en la intrapersonal, siendo más intuitivas, más
perceptivas y más compasivas. La superioridad en el
terreno de la inteligencia de las mujeres es debido a que
las mujeres tienen más conexiones entre el hemisferio
izquierdo y el derecho del cerebro, eso les permite usar los
dos lados a la vez; el hombre solo es capaz de hacer una cosa
cada vez.”
¿Ya ves? Las investigaciones prueban que la mujer puede
desempeñar de igual manera el mismo papel que el hombre
e, incluso, hasta mejor.
Pero, hombres y mujeres,
¿realmente iguales?
Sin duda existen diferencias físicas y sicológicas
innegables. Por eso es absurdo igualar a la mujer y al hombre
en TODOS los aspectos; y hasta los estudios tienen sus puntos
endebles.
Por ejemplo, como la psicología del
poder que ha predominado históricamente ha sido la
masculina, los hombres se han acercado al fenómeno
limitados por su óptica, intentando ponerse en el lugar
de la mujer, interpretar sus sentimientos, sus necesidades
y sus deseos. Pero realmente no están, en tanto hombres,
en condiciones para entender y asumir debidamente el enramado
rol de la “química” femenina.
Indiscutiblemente existen diferencias emocionales
y de conducta entre uno u otra que tienen un origen cultural.
De ahí que el machismo, aunque criticable, no sea simplemente
un intento de los hombres por perpetuar el dominio y la autoridad,
sino que forma parte de toda una tradición heredada
de una sociedad patriarcal.
Pero las diferencias no son solo en el orden
cultural-psicológico, sino también en el físico
o biológico, lo que afecta el accionar de ambos sexos.
Las mujeres, por naturaleza, están preparadas para
asumir tareas irrealizables para el hombre (parir, por ejemplo,
o la capacidad multiorgásmica), mientras que al varón,
por naturaleza, le corresponde determinar en sus espermatozoides
x o y el sexo de la criatura
(algo que aunque se lo propongan, no lograrían las
mujeres). En fin, son diferencias que se complementan.
Equidad más
que igualitarismo
Un estudio publicado en Cuba refleja claramente los conceptos
de equidad e igualitarismo. Plantea el documento que las mujeres
y los hombres se manifiestan desde su sexo, es decir, cada
cual existe sexuadamente, cada cual existe en su género
y se manifiesta en su género, piensa en su género,
camina en su género, cocina en su género, estudia
en su género, se relaciona en su género.
Por lo tanto, no podemos pretender igualar
dos personas que son orgánicamente diferentes. Eso
sería igualitarismo, una postura riesgosa por su ingenuidad.
Sin embargo, el concepto de equidad indica
que debemos respetar los derechos de la persona, independientemente
de que sea hombre o mujer. Estos guardan estrecha relación
con lo refrendado en la Declaración
de los Derechos Humanos, como el derecho al desarrollo,
al trabajo, a la educación, a la cultura; independientemente
de la nacionalidad, raza, sexo, origen o credo.
Asimismo, es lógico que hombres y
mujeres tengan responsabilidad con su descendencia, pero desde
sus posiciones respectivas. Los hombres se manifiestan con
los hijos como hombres y las mujeres como mujeres, algo así
como dos polos que se complementan: unidad entre contrarios,
coexistencia dentro la diferencia.
En fin, consideramos incorrecto el punto
de partida en el proceso de liberación de la mujer
si se asume con la perspectiva de feminizar al hombre. Algo
similar a la metodología aplicada para la investigación
de los efectos de la ciudad en el campo: no se puede pretender,
para desarrollar el área rural, trasladar la ciudad
al campo, sino tener en cuenta y respetar las particularidades
del contexto. Igualmente, trasladar el modo de ser de la mujer
al del hombre, o viceversa, sería un proyecto condenado
al fracaso.
¿Qué es lo que garantiza,
entonces, el correcto equilibrio? Pues el concepto de equidad;
que cada cual figure en su medio, se desarrolle en su medio
y tenga iguales oportunidades e iguales deberes desde todos
los puntos de vista. Y la única forma de lograrlo es
educando la mente y el cuerpo bajo el presupuesto de la igualdad
y, sobre todo, del respeto a la diferencia.
Cuba, mujer y Revolución
La Revolución Cubana trajo aparejado un rápido
cambio de concepción respecto al papel de la mujer
en la sociedad. Los roles de muñeca de casa, sirvienta
o costurera quedaron atrás de golpe. Se planteaba un
nuevo giro: la inserción femenina en la sociedad como
una persona plena de derechos en igual proporción a
la de los hombres.
Los parlamentos machistas de “la mujer
solo para la casa” quedaban obsoletos. Ellas ocuparon
un nuevo lugar más allá del rol de la procreación
o en el entretenimiento de su contraparte masculina. Por supuesto,
muchos se resistieron al cambio. La batalla más encarnizada
no se libró en el plano social, sino en las mentes
anquilosadas de la mayoría de los hombres.
Pero el tiempo ha dado la razón.
Más de 40 % actual de la fuerza laboral cubana es femenina
y no es nada raro encontrar mujeres dirigiendo sitios que
fueron tradicionalmente terrenos masculinos, como la construcción
o los mismísimos centrales azucareros.
Prácticamente nadie se cuestiona
en estos momentos la importancia de las féminas en
la realidad cubana de hoy. Sus logros, los avances conseguidos
gracias a ellas les han dado, por derecho propio, el merecido
lugar en el equilibrio de la sociedad.
La mujer desde la mujer
Sería injusto terminar este artículo sin reflejar
la opinión de la mujer por la mujer. Y qué mejor
que este fragmento de un artículo publicado por la
edición 434 de la revista Alma
Mater:
“Defiendo con ideas y con uñas
la plena realización de la mujer. Creo en la mujer
científica, en la filósofa y en la cosmonauta,
en la mujer dirigente, en la que quiere lucir bonita y en
la que no se preocupa demasiado por su apariencia, en la que
es capaz de enamorar al hombre que le gusta (y creo también
en el hombre que se deja enamorar sin pensar que la mujer
que lo enamora es una cualquiera), creo en la que no le gusta
cocinar y se lo dice con todas sus letras al marido, en la
que le gusta cocinar, pero hoy no tiene deseos, en la que
tiene muchos amigas y amigos, en la licenciada y la doctora,
en la que tiene orgasmos y no se avergüenza de tenerlos,
en la que ama a otra mujer con todas sus fuerzas y quiere
hacer su vida con ella, en la que decide cuándo y con
quién quiere tener sus hijos, en la que no cree que
un hombre es menos hombre porque llore viendo una película
de Fernando Pérez, en la talentosa y en la que tiene
menos luces, pero mucha dignidad, en la que no se deja humillar,
en la que comparte sin problemas con su compañero las
tareas de la casa (y también creo, faltara más,
en su compañero), creo en la que besa primero, en la
que se deja besar, en la que no se deja besar si no quiere,
en la que es dueña de su destino, en la que maneja
un taxi, en la que deja que su hijo juegue con las niñas,
en la que deja que su hija juegue con los niños, en
la que sabe lo que quiere y lo que no quiere, en la que sabe
sacar cuentas, en la que le compra flores al novio, en la
que recibe flores del novio y le dice gracias y le da un beso,
en la que escribe una novela policíaca, en la que no
piensa que vino al mundo solo para darle hijos a un hombre,
en la que abandona al hombre que la golpeó sin compasión,
en la que juega fútbol (aclaro que no me gustan las
mujeres boxeadoras por la misma razón que no me gustan
los hombres boxeadores; me encantaría, eso sí,
ver a un hombre practicando sin complejos gimnasia artística
o nado sincronizado); creo, en fin en la mujer orgullosa,
en la que sabe de todo lo que es capaz y no se deja aplastar
por tontos prejuicios y presiones”.
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