| Premio
Nacional de las Brigadas Técnicas Juveniles
Preocupa agresión psicológica
a los adolescentes
Una investigación sobre la violencia intrafamiliar
desde la perspectiva de los adolescentes demostró que
la agresión psicológica a este grupo es elevada.
Por Mayte María Jiménez
Hernández, estudiante de Periodismo

Idianelys opina que los padres deben
relacionarse más con ellos, y a su vez mantener
las pautas básicas de educación formal
(Foto: Roberto Suárez) |
Alejandro es un adolescente
de 15 años que vive con sus padres en una familia que
puede definirse como “funcional”. En el barrio
no tienen quejas de él, tampoco en la escuela, y lo
ven como un muchacho educado, sin problemas de conducta. Su
vida parece normal.
Pero ese entorno no es, como parece, un paraíso para
él. “En casa hay cosas que me molestan y me hacen
sentir mal. Si hago algo que a mi papá o a mi mamá
no les gusta, enseguida vienen los reclamos, la mala cara,
me reprochan todo lo que han hecho por mí: si llego
tarde, si salgo mal en una prueba, o se me rompe algo valioso,
si estudio demasiado y entonces no ayudo en la casa...”.
Estas situaciones son a veces tan cotidianas que parecen correctas.
Sin embargo, hay características que las revelan como
manifestaciones clásicas de violencia psicológica
en esta etapa de la vida.
No pocos padres, asumen “estribillos” predeterminados
como “Así es la adolescencia”, “Esto
va a pasar en unos años”, o “Ahora tengo
que ser duro porque así hay que ser en esta etapa”,
que implican estilos de educación que pueden ser erróneos
y conducir a una mayor rebeldía de los adolescentes.
Así afirma Idianelys Santillano, investigadora del
Centro
de Estudios sobre la Juventud, quien realizó el
estudio "Violencia intrafamiliar: una mirada desde la
perspectiva adolescente", único trabajo ganador
del Premio Nacional de las Brigadas
Técnicas Juveniles en las Ciencias Sociales.
Según explicó al periódico Juventud
Rebelde, uno de los aspectos principales es profundizar
y conocer cómo se desarrollan las actitudes violentas
en familias aparentemente normales y que parecen “muy
funcionales”.
“No lo hicimos pensando en los adolescentes que a primera
vista pueden parecer problemáticos o que provienen
de hogares disfuncionales, sino en los que viven en aparente
calma y felicidad”, destacó.
Padres en el estrado
A partir del estudio de 827 adolescentes de diferentes provincias,
divididos en grupos (10-14 años y 15-19 años),
la investigación se centró en la paradójica
situación que suele presentarse entre padres e hijos
al principio de la adolescencia, y luego en esa relación
que se establece como respuesta a las actitudes asumidas.
El carácter “normal” que pueden tener estos
muchachos hace que muchas veces se invisibilicen aspectos
que van en contra de un correcto desarrollo: la familia vive
en una supuesta normalidad que esconde las contradicciones
principales y naturaliza elementos que no lo son.
Para esta pesquisa se consideró la violencia no desde
las concepciones más clásicas, que distinguen
solo los elementos físicos, sino desde el aspecto psicológico,
tan dañino y dramático como el primero, en especial
si se trata de adolescentes.
Explica la experta que uno de los resultados que más
le sorprendió fue encontrar que un gran número
de padres, ante conductas incorrectas de los adolescentes,
asumen actitudes violentas como dejar de hacer lo que habitualmente
les hacían, recordarles todo lo que se han sacrificado
por ellos y fomentar así un sentimiento de culpabilidad,
o sencillamente dejar de hablarles.
“Se demostró que en nuestra sociedad existe una
amplia gama de comportamientos erróneos en la educación
padres-hijos, donde se reproducen relaciones en las que no
se escucha a los adolescentes, y muchas veces se conciben
espacios de reflexión que en realidad son solo de reproche”.
¿El eslabón perdido?
“El primer error sería pensar en la adolescencia
como etapa de génesis y solución del problema»,
alerta Idianelys, pues llegado ese período ya existe
un grupo de mecanismos de reacción que se han ido conformando
desde la niñez.
“Los padres deben consolidar desde el mismo momento
del nacimiento de los hijos las conductas correctas que asumirán
con ellos, proyectar la educación de la forma más
diáfana posible y dejar los límites bien claros”.
—¿Cómo se definen
estos límites?
—Existen familias sobreprotectoras que tienen el supuesto
de que, en la medida en que se complace más al muchacho,
este será más feliz. Entonces se pierde el límite.
“El joven crece sin saber definir sus necesidades reales
y cómo luchar por satisfacerlas. Se crea un déficit
desde el punto de vista psicológico que es fácil
sobrellevar en la niñez. Pero llegada la adolescencia,
al ocurrir una separación de la familia, estos jóvenes
no pueden alcanzar sus objetivos en los nuevos círculos
de relaciones; entonces se sienten deprimidos, y aparecen
manifestaciones de violencia, al ser rechazados”.
Rompiendo tabúes
En esta investigación, confiesa la autora, se busca
eliminar el mito de que las familias disfuncionales son las
únicas que padecen la violencia.
Así Idianelys demostró que, a medida que el
adolescente crece, se van agudizando los conflictos:
“Contrario a lo que se piensa, con el desarrollo del
sentido propio y maduración de la persona, aumentan
los enfrentamientos con la familia. Los varones entre 15 y
19 años resultan los de mayor afectación”.
—¿Se puede decir que los
jóvenes de hoy son más violentos?
—Nosotros no hemos hecho estudios específicos
sobre ello. Nos centramos más en la conducta de los
adultos hacia los adolescentes.
“Creo que hay mucha más permisibilidad en la
educación y por eso se revelan conductas incorrectas.
Las familias están perdiendo los límites que
pautan la enseñanza y ello permite que ese sujeto en
crecimiento comience a “hacer lo que quiera”.
“Si antes, en el tiempo de nuestras abuelas, estos límites
eran demasiado rígidos, ahora muchas veces se pierde
el sentido de lo más correcto, en la medida en que
la familia intenta aplicar patrones de conducta de una sociedad
con 'más libertades' de actitud”.
—¿Cómo podría
perfilarse entonces una educación lo más diáfana
posible?
—Primeramente, no se trata de imponer o eliminar los
límites de conducta, sino de hacerlos flexibles, de
manera que los padres, al ser comprensivos, no pasen por alto
actitudes erróneas de los hijos, o las asuman como
algo normal en el siglo XXI. Deben relacionarse más
con ellos, y a su vez mantener las pautas básicas de
educación formal.
«En el caso de la familia cubana, que en ocasiones tiende
a ser muy controladora, le cuesta mucho lograr el punto medio.
Es difícil flexibilizarse sin ser considerados “malos
padres”, y ser rígidos sin tener luego sentimientos
de culpa».
—¿Qué debe cambiar
la familia cubana y qué debe mantener de sus tradicionales
métodos educativos?
—Debe conservar ese deseo de que los pequeños
sean felices. Pero en ese propósito de hacer crecer
a una persona de bien, la familia debe quitarse culpas, pues
constantemente se está cuestionando su funcionalidad,
y ve la solución en satisfacer en todo a los adolescentes.
“Los padres cubanos deben aprender a reconocer las necesidades
reales de sus hijos, pues muchas veces los colman de cosas
que creen necesarias, para ofrecer una imagen que consideran
correcta.
“Satisfacer constantemente antojos de golosinas o de
algún juguete, hace que los hijos sean muy dependientes
y cuando en determinados momentos no se les puede dar lo que
quieren, entonces sufren. Ello desarrolla en el adolescente
una inseguridad e inconformidad en relación con todo
lo que no tiene, porque está acostumbrado a tener”
(Tomado de www.juventudrebelde.cu)
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