| El
sueño: mucho más que un placer
Por Aracelys Bedevia

Durante el sueño el cerebro
sigue trabajando.
(Tomada de www.haysalud.com) |
Nuestra civilización tiende a menospreciar
la función del sueño, acortarlo a menos de cinco
horas o privarse por completo de él para realizar otras
actividades.
Esa tendencia resulta devastadora para la
salud humana y el rendimiento laboral y estudiantil, ya que
ocasiona daños en el sistema nervioso central que se
manifiestan por medio de fatigas, sensación de cansancio,
dificultad en la concentración y percepción,
e imposibilidad de mantener cualquier acción sostenida
de manera ininterrumpida.
Los sujetos que duermen poco sufren un ligero
temblor en las manos, alteraciones en la presión arterial,
el pulso se les vuelve irregular y con los años llegan
a presentar dificultades en la orientación e hipersensibilidad
ante el dolor; algunos, incluso, desarrollan ideas paranoides.
Son frecuentes también los lapsos
mentales, la inexpresividad facial, os episodios psicóticos
y la presencia de una voz pastosa acompañada de una
pronunciación incorrecta.
Sin embargo, cuando dejamos que el sueño
cumpla adecuadamente su papel fisiológico, experimentamos
sensaciones subjetivas de bienestar y una disposición
somática y psíquica que nos permite emprender
cualquier tarea con eficiencia.
Etapas
El sueño es un estado activo en el que se desarrollan
una serie de funciones fisiológicas importantes para
la vida. Durante ese período cesa casi toda actividad
motora, lo cual no significa que el cerebro entre en una etapa
de descanso. Todo lo contrario. Ese momento es aprovechado
para restaurar gran parte de los efectos que causan sobre
el organismo las actividades realizadas en la fase de vigilia.
Según explican los expertos en el
tema, al acostarnos no entramos súbitamente en el sueño.
Existe una somnolencia previa considerada como etapa de vigilia,
latencia al dormir. En ella ocurren movimientos oculares lentos,
resistencia cutánea y movimientos musculares generalizados,
que pueden despertar al sujeto debido a que se experimenta
la sensación de caer al vacío.
En ese instante solo estamos ligeramente dormidos y podemos
despertarnos fácilmente.
Posteriormente entramos en una segunda etapa,
en la que disminuye la actividad encefalográfica, descienden
la frecuencia respiratoria y el tono muscular, y el sueño
es medianamente profundo. Al final de este período
y al principio del tercero, es donde se producen las pesadillas,
los terrores nocturnos, el sonambulismo, la enuresis (orinarse
en la cama) y otros trastornos del sueño, asociados
por los general a preocupaciones intensas o conflictos.
Las etapas tres y cuatro se presentan sobre
todo durante las primeras horas del dormir en que el sueño
es más profundo, y en la última el umbral del
despertar es más elevado.
Durante toda la noche la persona alterna
entre fases del sueño lento y sueño paradójico,
período este último en el que ocurren las ensoñaciones,
que también aparecen en el sueño lento, debido
a que la actividad mental no cesa nunca.
Los individuos despertados en el curso de
una fase de sueño lento, que predomina en el primer
tercio de la noche y a menudo desparece durante las últimas
horas, la mayor parte de las veces niegan haber soñado.
En cambio, los que fueron despertados en una fase de sueño
profundo refieren el contenido de sus ensoñaciones.
Los ensueños de la fase paradójica
se distinguen por ser más ricos en contenidos visuales,
afectividad y originalidad, y por hallarse mejor estructurados;
a diferencia de los que ocurren en la fase lenta, donde el
contenido es menos emocional y más agradable.
Tenemos posibilidad de recordar una ensoñación
hasta ocho minutos después de haber pasado por un sueño
paradójico. Es por eso que recordamos solo los sueños
matutinos.
Alteraciones más
frecuentes
El ciclo del sueño puede verse afectado por diversos
trastornos, que no siempre están asociados a una enfermedad
y pueden erradicarse fácilmente sin tener que acudir
a fármacos.
Muchos de ellos son consecuencia de determinados
estímulos recibidos durante el día o que provienen
de nuestro propio cuerpo, como pueden ser las vísceras
que actúan durante el sueño y modifican el dormir,
o la existencia de una respiración dificultosa, que
no permite garantizar los niveles de irrigación adecuados.
La pesadilla es una de las alteraciones
más frecuentes, que por lo general ocurre como consecuencia
de preocupaciones intensas o a conflictos, y modifica las
características del sueño. Es difícil
de tratar, pero en un porcentaje elevado puede erradicarse.
En los casos en que persiste, la pesadilla, con un tratamiento
adecuado, podrá al menor alargar su frecuencia de aparición.
Entre los síntomas esenciales de
este padecimiento están la opresión respiratoria,
parálisis y ansiedad. Tales episodios no siempre pueden
ser narrados claramente. En muchos casos, la persona solo
recuerda una situación opresiva, como estar encerrado
en un lugar sin salida.
El insomnio también afecta al ciclo
normal del sueño y puede originarse por la ingestión
de estimulantes como cigarrillos, té, café o
situaciones de estrés, depresión o preocupaciones
por las que atraviesa el individuo.
Ante uno de estos síntomas, o de
otros como el terror nocturno y el sonambulismo, no debemos
alarmarnos o automedicarnos. A veces con tan solo cambiar
estilos de vida es posible recuperar el buen dormir.
|