| El
Diablo Ilustrado
Quizás yo logre unir todos
esos pequeños fragmentos del cosmos que llegó
hacia mí, para así poder descifrar tu identidad,
pero por ahora, no es eso lo que me interesa. Llena de poesía
me encuentro en ese instante acabando de leer tu libro y sé
que esa misma magia inundó tu ser e impulsó
tu cerebro a favor de este precioso regalo que acabo de recibir
de ti. Gracias.
Siento que tu magnetismo ya empezó
a hacer efecto sobre mí y por eso escribo solo para
ayudarlo y poder viajar más allá de las letras
de este libro: hacia tu amistad, pues creo que me es necesario
navegar junto a ti en el mar de la sabiduría, ya que
al introducirme en tus textos, las mariposas de mi imaginación
volteaban sus alas para hacerme caer en la idea de que estaban
escritos solo para mí.
Sé que vives en mi mundo
y muchos de tus conceptos lo han hecho mejor, pero mi espíritu
quiere seguir elevándose y desearía que subieras
conmigo esa escalera. Quizá mi nombre te sea revelado
al leer quién remite la carta, pero ¿qué
es un nombre en medio de este inmenso mundo de arte, amor
y sabiduría? Tal vez por eso no das a conocer el tuyo.
Tengo tantas cosas que decirte,
pero prefiero dejarlo para la respuesta a la carta que anhelo
recibir de El Diablo Ilustrado, ese que me obliga a escribir
estas líneas solo con el poder de su corazón
y que hace que aún sin su consentimiento me autotitule…
Su diablilla compañera.
Compañera Diablilla:
Aunque me ha aprendido tu nombre, no lo
delataré, me limito a imaginarte en algún rincón
de tu cuarto, sacando conejos de una chistera con la ilimitada
fuerza de los que escriben desde el amor. Tu ciudad me viene
desde el montuno de un son que cantaba el Benny: “Vertiente,
Camaguey, Florida y Morón”, al que he acudido
siempre que ando por alguno de esos lugares. ¿Quién
me iba a decir que iba a tener allí, en Florida, una
amiga, o más, una compañera?
Recuerdo que hace unos años esa palabra
de acercamiento cálido —que el Che
sublimó contestando una carta de una mujer argentina
que buscaba con él algún parentesco— parecía
en desuso o hasta proscrita; decir compañero se tomaba
en algunos ambientes como de mal gusto. Había quienes
preferían el señor, señora
o señorita, que —quizás
sea prejuicioso de mi parte— he asociado a cierta bobería
de falsa distinción con ínfulas de clase social.
Te has llamado de la mejor manera para raptarme,
acudiendo también a ese diablillo que nos hemos inventado
para contarnos sueños, y para demostrarnos que somos
mucho más que las manquedades u oscuridades que puedan
tener estos tiempos.
Por supuesto que seguiré intentando
subir por tu escalera, y tendré que sacar fuerzas del
extra de mi espíritu, pues no quiero pedirte que te
detengas a esperarme en aquel peldaño tan alto que
apenas sé si llegaré a alcanzar. Voy por ti,
me esfuerzo por abrazar la sabiduría y arte que me
achacas desde la delicadeza que tu virtud ve en los demás,
como mirándote en el espejo.
No sé si cotidianamente escribes,
pero debieras buscar a tu alrededor la magia de tus calles,
de su historia, de la gente que, con sus defectos y virtudes,
te acompaña en esta mínima travesía por
los siglos, y describirlos con tus palabras, pensando en cuánto
bien puedes hacer reconociéndote y ayudando a los demás
a reconocerse desde las verdades que descubra tu imaginación.
No me puedo atrever a pedirte que escribas
como un acto profesional; creo que se debe escribir porque
—y lo que—, se siente, por puro placer y necesidad
de expulsar ese amasijo interior de pasiones e ideas, que
no es más que el fruto de esa mirada escudriñadora
de la poesía que habita en cualquier parte
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Ahora mismo escucho, mientras te escribo,
“La tarde”, de Sindo
Garay…
¿puede ser de ayer esa entrañable melodía
que nos susurra…
La luz que en tus ojos arde,
si los abres amanece,
cuando los cierras parece
que va muriendo la tarde,
cuando los cierras parece
que va muriendo la tarde.
Las penas que me maltratan
son tantas que se atropellan,
y como de matarme tratan
se agolpan unas a otras
y por eso no me matan.
Dejo que fluya la canción y te siento
muy cerca, diablilla compañera, quizás de visita
a la ciudad de Camag?ey, deslizándote con mirada escudriñadora
por las sinuosas y empedradas calles de su centro colonial
o reposando en un sillón dejándote arrastrar
por el misterio de una puesta de sol, detenida en un tinajón
que sirve ahora de cantero, y donde un lagarto retoza entre
un puñado de margaritas.
Tus ojos se pierden en la inmensidad de
ese minúsculo detalle ideal para adentrarse en las
cartas cruzadas de Amalia
e Ignacio, dos amantes,
como tantos otros, que entrarían a la historia cuando
aquel joven se entregara a los demás, sacrificando
un beso de su amada, en la manera que encontró más
urgente de ser para los otros, empuñando el arma en
la manigua que nos haría más libres, más
iguales, con más posibilidades de tener el privilegio
de poder amar y ser amado limpiamente.
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No puedo extenderme más, compañera,
te agradezco que me invadieras de esta manera y te dejo una
canción de Silvio
Rodríguez que me ronda como brindis por este encuentro
en el que ha sido un privilegiado este amigo que nuca te faltará
y al que ya sabes que puedes llamar….
El Diablo Ilustrado
En estos días
todo el viento del mundo sopla en tu dirección
la Osa Mayor
corrige la punta de su cola
y te corona
con la estrella que guía
la mía
Los mares se han torcido
con poco dolor hacia tus costas
la lluvia
dibuja en tu cabeza la sed de millones de árboles
las flores
te maldicen muriendo, celosas
En estos días
no sale el sol sino tu rostro
y en el silencio sordo del tiempo
gritan sus ojos
ay de estos días terribles
ay de lo indescriptible
En estos días,
no hay absolución posible para el hombre
para el feroz, la fiera
que ruge y cata ciega
qse animal remoto que devora y devora primaveras
En estos días
no sale el sol sino tu rostro,.
y en el silencio sordo del tiempo
gritan tus ojos
ay de estos días terribles
ay del nombre que lleven
ay de cuánto se marche
ay de cuánto se quede
ay de todas las cosas
que hincha este segundo
ay de esos días terribles asesinos del mundo.
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