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De mi Cuba te cuento


Antonio, un verdadero General


El 6 de agosto de 1877 Antonio Maceo es herido de extrema gravedad en un combate. Trasladado a un sitio tranquilo para recuperarse, es víctima de una de las más feroces persecuciones de aquellos tiempos de guerra. Tres mil hombres bajo el mando de un experimentado brigadier planean atraparlo o matarlo.

Por IWC

¿Duele?¿Aún duele? No lo sabes: no sientes. El fragor de la batalla, las bayonetas caladas, el humo de los fusiles y la cara desfigurada de aquel español bajo el filo de su machete, se alejan y se silencian en un torbellino. A tu lado alguien grita: ¨¡Murió la Revolución en Cuba!¡Esta era su alma…!”

Pero no vas a morir, ¿no es así, Antonio? Nadie sabe cuántas heridas tienes, tal es la profusión de sangre que mana, que no comprenden cómo permaneces vivo. Te llevan en hombros.

—A la residencia del doctor Figueredo— ordena alguien.

Es lo único que escuchas. Aprovechas el silencio y el desfallecimiento que te invade para un reposo obligado. Es 6 de agosto de 1877 y tus hombres, mambises probados, temen por ti, Antonio, por el ahora y también por el futuro de todos ellos.

Tu mente vaga por otros sitios, tales son las jugarretas del tiempo, quizá por allá, en los inicios de la guerra, en aquel 1888 cuando Marcos, tu padre, mandó a Miguel a la tienda de Palencia a obtener noticias y allí estaba un grupo de insurrectos a mando del capitán Rondón, viejo amigo de la casa y que reconociéndole le dijo:

—A tu madre, que prepare cena para toda mi gente esta noche.

Así lo contó Miguel antes de que llegara Rondón y abrazara a Marcos y a Mariana, y después de la cena cambiar cuatro de sus caballos cansados por otros cuatro de los mejores, y llevarse varios más, pidió ayuda en armas y dinero.

Marcos respondió con todo lo que poseía en aquel momento: cuatro onzas de oro, una docena de machetes, cuatro escopetas, dos revólveres y un trabuco.

—Y de los muchachos, ¿cuál me da?

Marcos Maceo guardó silencio; pero enseguida respondiste, y también José y Justo, y esa misma tarde partieron hacia Ti Arriba, donde en tu primer combate ganaras los grados de sargento del Ejército Libertador. Pero antes, recuerdas, la vieja Mariana, orgullosa de ustedes por su decisión de defender la Patria, entra al cuarto y regresa con aquel crucifijo que tenía y exige:

—De rodillas todos, padres e hijos, delante de Cristo, que fue el primer hombre liberal que vino al mundo, juremos libertar la Patria o morir por ella.

¿Morir? Aún no es tiempo de morir. ¿No es así, Antonio? La Patria no está liberada e intentas moverte. Una mano te retiene suavemente. Es María Cabrales, tu fiel compañera.

—¿Dónde estoy?

—En Bío, el General Gómez te trajo hasta acá, a la residencia del doctor Figueredo.

María está junto a tu rústica camilla, estás confinado a ella, para en caso de sorpresa enemiga poder alejarte. Te aplican compresas para bajar la fiebre. Intentan alimentarte. A pesar de la gravedad de las heridas, y contra cualquier pronóstico, vives, Antonio. Los hombres de todas partes han comenzado a circular tu milagrosa recuperación que a la postre te nombrarán el Titán de Bronce, el hombre de las cien batallas.
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Un traidor, quince días después de haber partido Gómez, llevó al general Martínez Campos, que se hallaba en Santiago de Cuba, las confidencias de tu delicado estado. Como no quieres morir habrá que matarte. Saben el lugar exacto donde estás, la pequeña escolta que te protege…

Han destacado una expedición integrada por 3 000 soldados veteranos a las órdenes del brigadier González Muñoz, cubano de nacimiento, con el único objetivo de apoderarse de ti o matarte en el terreno.

………………………………………………………….....

A pesar de tu delicado estado, maniobras con tu escolta. No son muchos, más bien son muy pocos: tu hermano José, el práctico Liberato Portales y siete hombres más. Once almas evadiendo un cerco de 3 000.
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Ya los soldados están a pocos pasos, van a apoderarse de ti. Puedes escucharlos, olerlos. Tus hombres se baten a machete, también María, la camilla en el suelo. Todos luchan, pero es inevitable el avance de los cazadores hispanos que los superan en número. Tú eres el trofeo, Antonio, los demás no les importan. Se acercan. Se abalanzan. Van a atraparte. Pero en el mismo instante que toman la litera, con un esfuerzo sobrehumano te echas fuera de un salto. Nadie puede creerlo. ¿Acaso no estabas débil, moribundo?

En un segundo estás sobre tu caballo. A galope desapareces en el monte envuelto por el humo de las descargas que te hacen las emboscadas españolas. ¿Y María? ¿Y José? ¿Y tus hombres? Han aprovechado el desconcierto que has provocado. Recorriendo espesuras y monte, tres días después se te reúnen en San Miguel.
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¿Morir, Antonio? No, todavía no. Aún restan muchos combates, una Protesta de Baraguá, otra guerra y unas cuantas heridas. ¿Morir? Todos los hombres mueren, pero algunos son inmortales.

Así te sienten tus hombres, los fieles. Así también debió sentirlo Perucho Figueredo aquel día, cuando tomaron Bayamo e inflamado por las gruesas venas que recorren esta fértil tierra, escribió: Que morir por la Patria es vivir.

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