| El
Cristo de La Habana
Por Carlos Castro
Embarcaciones de todo el mundo entran o salen de la bahía
habanera y cada vez que esto ocurre, una alta y blanca figura
les recibe o despide con su mano izquierda sobre el corazón.
Tal vez sea este un símbolo más de la extraordinaria
hospitalidad de los cubanos.
En el caso que nos ocupa en estas líneas,
ocurre así desde el 25 de diciembre de 1958, cuando
fue inaugurado el Cristo de La Habana. Este Cristo caribeño
resulta inconfundible, tanto por la amplitud de su frente,
como por la actitud corporal. En él resaltan también
las fuertes manos y los brazos musculosos, además de
la sensualidad de sus labios, el mentón altivo y la
mirada retadora.
Se trata de una escultura de quince metros
de alto, situada sobre un pedestal de tres metros, en una
colina situada en el municipio de Regla, entre la fortaleza
de San Carlos de la Cabaña y el Instituto de Meteorología.
Sumada la elevación donde se halla, alcanza una altura
final de setenta y nueve metros sobre el nivel del mar. De
ahí la extraordinaria visibilidad con que cuenta desde
numerosos sitios de la capital.
La inolvidable Jilma Madera es la
autora de esta obra, que esculpió en Italia. Ella cursó
estudios en la Academia
de Bellas Artes de San Alejandro. Siempre sintió
gran orgullo por el Cristo de La Habana y el busto de Martí
colocado en la cima del Pico
Turquino. Fueron, sin dudas, sus obras más queridas.
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