| Jilma
Madera
Símbolo de la escultura cubana
Pocos días antes de su deceso,
en febrero de 2000, la autora del colosal Cristo de La Habana
y el célebre busto de Martí en el Pico
Turquino, conversó por última vez sobre
sus dos obras cimeras.
Por Roberto Rodríguez Menéndez

La escultora cubana Jilma Madera
junto al Cristo de La Habana.
(Foto: Archivo)
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¿Empezamos? Dio su aprobación
con un ligero movimiento de cabeza. Tenía ante mí
a una artista plena, que ha plasmado en obras escultóricas
de admirable belleza las inquietudes de su alma. Por otra
parte, era emotivo estar junto a la única mujer en
el mundo que ha hecho una estatua de veinte metros: el Cristo
de La Habana, y que al propio tiempo, logró colocar
en el sitio más alto de la geografía cubana
el busto de José
Martí. Dicho de otra manera: unas mismas manos y dos símbolos:
Martí y Cristo.
¿Qué evocaciones te
llegan de la infancia?
“Recuerdos muy gratos de mis padres. Acaso,
vistas fijas que han quedado en mi cerebro. Ellos murieron
cuando yo tenía tres años y medio. Mi padre
se dedicó al tabaco y compró vegas en Pinar
del Río. Soroa
era de él y la vendió para comprar una finca
más productiva, La Victoria, situada en el kilómetro
101 de San Cristóbal. Debo agregar que nací
en La
Habana. Soy mitad habanera y mitad pinareña¨.
¿Estudios realizados?
“Los primeros estudios los terminé a
los nueve años. Luego vino la época de Machado
y cerraron muchos centros educacionales. Más tarde,
la primera que abrió sus puertas fue la Escuela del
Hogar, en el Cerro. Allí matriculé y me gradué
como primer expediente. Después fui al Instituto de
La Habana, me hice bachiller y matriculé en la Academia
de San Alejandro”.
¿Desde cuándo sentiste
pasión por la escultura?
“Nunca la tuve. Me apasionaba la música.
Sin embargo, en San Alejandro siempre fui primer premio en
escultura y sacaba sobresaliente en pintura”.
Te propongo un tópico interesante:
tus esculturas y las circunstancias que las rodearon.
“En la década del 40 asistí a
un seminario martiano que dio en la Universidad
de La Habana Gonzalo de Quesada y Miranda, persona a quien
admiré muchísimo. Lo que sé de José
Martí se lo debo a él, y aquí te digo
que Martí marcó pautas en mi vida y mis principios,
e influyó en mis decisiones vitales.
“Siempre tuve deseos de elaborar un
Martí. Lo hice y se publicó en una portada de
la revista Bohemia. También
apareció en los periódicos, pero yo tenía
vergüenza porque aún no me había graduado
y pensaba en lo que pudieran decir los profesores.
“Sin embargo, gustó a todo
el mundo, incluso a María Mantilla, la niña
mimada del Apóstol, que lo vio en la Fragua
Martiana en 1952, durante una visita suya a Cuba. Fue
el retrato de Martí una obra seria y con intención.
Es el Martí del Pico Turquino y el que está
a la entrada del Museo de la Revolución,
el cual tiene el tamaño original”.
¿Acaso el del Turquino no
tiene la misma dimensión?
“No. Al del Turquino le corté un pedazo
de la base para que pesara menos. Finalmente alcanzó
las 136 libras”.
Jilma, la Fragua Martiana y usted…
“El frontispicio de la Fragua fue ideado por
mí. Es un libro abierto con una llama interior y arriba
una estrella como formada por el humo de la llama. Escogí
la estrella por ser el símbolo constante de la prosa
martiana”.
Hurguemos en la historia del Martí
del Turquino…
“Compré el bronce y lo mandé
a fundir a Obras Públicas, porque allí yo tenía
prestigio como escultora. En cambio, para el proyecto no había
dinero. Los martianos teníamos mucho amor, pero muy
pocos recursos. Por eso hice medallones y un Martí
chiquito que se vendió a 50 pesos, con lo cual se pagó
todo.
“Yo no cobré nada. Me siento
más que remunerada al tener un monumento a 2 000 metros
de altura, en el pedestal más alto, como corresponde
a una figura como Martí. Es mi monumento más
humilde, pero es el que más quiero.
”Cuando se decidió que yo lo
haría, Gonzalo de Quesada hizo un llamado a los martianos
para que propusieran frases del Maestro con vistas a escoger
una y ponerla en el busto del Turquino. Tuve la suerte de
que mi frase fuera la seleccionada. Dice así: Escasos
como los montes son los hombres que saben mirar desde ellos
y sienten con entraña de nación y de humanidad”.
¿Cuántos subieron
al Turquino?
“Unos 50 martianos, vestidos con un uniforme
especial color verde olivo que mandé a confeccionar
para todos”.
¿Ir uniformados no les trajo
dificultades?
“Sí. El SIM, que era un cuerpo represivo,
nos siguió. Pensaban que nos alzaríamos en las
montañas y que allí recibiríamos armas
de un helicóptero extranjero. En la nave llamada GLENDA,
que nos llevó hasta Ocujal, también iban agentes
del SIM disfrazados de guajiros (campesinos)”.
¿Qué otros preparativos
se cumplimentaron para realizar el viaje?
“Recuerdo que yo debía ir a Ocujal a
solicitarle una carta al dueño del Pico Turquino, un
marqués español que vivía exclusivamente
talándolo. Él tenía que darnos el permiso,
que llevaríamos al administrador de la finca donde
pondríamos el busto, casi un ingeniero que tenía
allí, Antonio Moreno.
“Hacer esa gestión me era casi
imposible, pues yo era maestra en aquel momento y tenía
mi aula de Economía Doméstica en la ciudad de
La Habana. Entonces el doctor Manuel Sánchez Silveira,
precisamente el padre de Celia
Sánchez, se ocupó de resolver el contacto que se
necesitaba realizar. Sánchez Silveira era apasionado
de las lomas y de las exploraciones en las cuevas, actividades
que, me dijo, disfrutaba más que la Medicina”.

Junto a Celia Sánchez en
el Pico Turquino.
(Foto: Archivo) |
¿Y esta es la vía
por la que conoces a Celia Sánchez?
”Cuando los martianos llegamos al hotel Casagranda,
me dice Sánchez Silveira que tenía varias hijas
locas por conocerme porque él les había hablado
de mí, pero que había una dispuesta a acompañarlo
en la subida.
”Me asombró que un hombre de
su edad —pasaba de los 60— fuera a escalar la
montaña. Le dije que estaba de acuerdo en que nos acompañara
su hija y allí mismo llamó a Celia y veo que
se acerca una mujer frágil, menudita, usando un vestido
camisero blanco y azul, y con una gran sonrisa me dijo: ´¡Ay,
Jilma, cuánto deseaba conocerla!´ Me pidió
que la dejara subir y le respondí: ´Cómo
no´
Entremos en el tema de la escultura.
“A ella le debo todo lo que soy y le debo todo
lo que me falta”.
Pero otra obra tuya te dio renombre:
el Cristo de La Habana.
“Fue una idea del Gobierno. Por el periódico
me enteré de la convocatoria para enviar bocetos. Presenté
el mío. En la convocatoria se decía que el Cristo
sería colocado a la entrada de la bahía habanera”.
¿Tiene esto algo que
ver con el Cristo de Río de Janeiro?
“Escultóricamente no. El de La Habana
es de mármol y el de Río, de cemento concreto,
con 32 metros de alto. El nuestro tiene ocho metros menos”.
¿Qué figura hiciste?
“Un Cristo fuerte, grande, corpulento; manos
fuertes y en el pecho se le ven los dorsales, se le notan
las rodillas, la cara dulce y unos labios gruesos”.
¿Por qué le dejaste
las cuencas de los ojos vacías?
“Porque estaría muy alto y los ojos
no se ven desde lejos”.
¿Cuánto pesa?
“Mucho, por estar relleno de concreto. En los
mármoles se usaron 600 toneladas. Es mármol
blanco de Carrara, el único que se puede usar para
una buena escultura. El peso total del Cristo de La Habana
es de 320 toneladas, integradas por 67 piezas, o sea, no es
monolítico”.
¿Le tomó mucho tiempo
el empeño?
“Dos años. El modelo lo hice en Cuba
y en Italia lo agrandé. Empecé a montar las
piezas en los primeros días de diciembre de 1958. Llegué
a empeñarme hasta dieciséis horas diarias con
un grupo de trabajadores,. No sé cómo aguanté,
pero se inauguró al fin el 25 de diciembre de 1958”.
A tantos años de haber realizado
tu Cristo, ¿qué te viene a la mente?
“Que fui una atrevida, porque hubiera podido
quedarme mal”.
¿Qué características
deben distinguir a un buen escultor?
“Tiene que sentir y disfrutar la escultura
como ella es. Se necesita la constancia en el trabajo”.
¿Debe el escultor estar inspirado
a la hora de la creación?
“Debe estar poseído por una gran inspiración
y tener pasión”.
¿Qué cualidad admiras
más en un ser humano?
“Su inteligencia y su forma de expresarla sin
ser petulante”.
¿Qué balance haces
de tu vida?
“Ha sido una vida larga y no es fácil.
A pesar de haber tenido la desdicha de no poder seguir trabajando
la escultura a causa del glaucoma que padezco, si analizo
bien y soy justa, me debo sentir feliz”.
¿Algún arrepentimiento
escultórico?
“Cada una de mis obras lo tiene. Lo que sucede
es que me los callé”.
Jilma, ¿cómo quisieras
que te recordaran?
“Como una mujer esforzada que le puso mucho
amor a lo que hizo”.
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