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Descubriendo a Doralina
Por Pavel
López

Excelente cuentera, sagaz periodista,
poetisa mágica…
(Tomada de www.educared.org.ar) |
Paradigma de las letras cubanas, Dora
Alonso (1910- 2001) se erige ante los ojos del lector
joven rodeada de un halo de auténtica leyenda.
Razones para alimentar el mito revolotean
por doquier: una obra donde confluyen denuncia social, desborde
imaginativo y dominio del lenguaje, de una manera fresca y
desenfadada, y un deseo irrefrenable por enriquecer el concepto
de “lo nacional”, convierten a esta mujer en una
de las salvaguardas genuinas de la identidad colectiva en
la mayor de las Antillas.
Adentrarse en sus textos significa iniciar
un sugestivo paseo por nuestras raíces, pues Dora supo
aprisionar en la letra impresa, como nadie, un mundo de sensaciones,
olores, sabores, sonidos, herencia directa del entorno rural
donde creció, y exponente absoluto de aquello que nos
identifica como pueblo.
Títulos de la talla de “Aventuras de Guille”,
“La flauta de chocolate”, “El cochero azul”
y “El libro de Camilín”, entre muchísimos
otros que conforman su producción para niños
y jóvenes, atestiguan la intensidad con que la autora
transitó por las etapas iniciales de su vida.
Desandar el camino en el cual una muchacha
“precoz, muy flaquita, alta, pecosa y bastante fea”1
llamada Doralina de la Caridad, se convirtió en la
internacionalmente conocida Dora Alonso, puede resultar un
viaje enriquecedor.
La propia escritora evocó aquellos
años en el delicioso libro testimonial “Agua
pasada (Memorias de infancia)”, publicado en Cuba. Tanto
en sus páginas, como en textos posteriores, dejó
sentada la importancia de la figura materna en su formación
como ser humano e intelectual.
Su madre la adentró en los misterios
de la palabra escrita a partir de las tradicionales noches
de lectura que integraban la rutina familiar. “Ecléctica
por necesidad”2, según palabras de Dora, ella
hizo confluir en esas tertulias a “Los miserables”,
de Víctor Hugo, con cualquier texto que llegara a sus
manos, incluidos las notas del gobierno que informaban sobre
la situación inestable de las primeras décadas
del siglo XX cubano.
No obstante, será el abuelo materno,
Don Félix, “ese guajiro viejo que encendía
su cabo en la candela de un compadre prieto”3, quien
fomentará el pensamiento antirracista en Doralina,
con las visitas a la casa del amigo negro Pancho Montalvo,
para bailar en sus bembés.
Pero si existe un personaje vital en la
niñez y la juventud de la autora, ese tiene que ser
la sirvienta Namuní, “abuela amorosa y cómplice
de antojos”, que con sus desenfrenos imaginativos de
excelente cuentera, avivó su fantasía e, incluso,
dejó huellas profundas en el estilo narrativo de Dora,
pletórico de espíritu fabulador y giros lingüísticos
inesperados.
Estas vivencias delinearán de forma particular la personalidad
de la joven escritora, que inició con éxito
su carrera literaria, a la par de una militancia política,
prueba de su comprometimiento con los destinos patrios.
Y no podía ser de otra manera, si
tenemos en cuenta que la década del 30 de la pasada
centuria, en la cual comienza su despegue, contó con
el ejemplo de luminarias de la estatura de Julio
Antonio Mella y Rubén
Martínez Villena, además de la renovación
estilística que impusieron en la literatura nombres
como Alejo
Carpentier, José
Zacarías Tallet, Nicolás
Guillén y Lydia Cabrera, entre otros muchos interesados
en destacar la influencia del negro en nuestra cultura, las
desigualdades vergonzosas impuestas por el modelo político-económico,
y la situación denigrante del campesinado.
De esta forma Dora, con poco más
de 20 años, se estrenó de periodista en publicaciones
de la época como Carteles, Bohemia,
Ellas, o El espectador habanero, paralelamente a su activismo
político en la organización de izquierda La
joven Cuba, donde cumplió tareas de altísimo
riesgo.
Del alcance de su obra en esa temprana edad,
pueden dar fe el primer premio que recibe en un concurso de
la revista Bohemia del año 1936, o la inclusión
de parte de su lírica en la antología “La
poesía en Cuba”, preparada especialmente por
Juan Ramón Jiménez, autor de “Platero
y yo”, ese mismo año.
Posteriormente vendrán infinidad
de cuentos y volúmenes en verso, entre ellos “Palomar”,
del cual Eliseo
Diego expresará: “(...) es parte ya de la
mejor poesía cubana, que los niños lo van a
tomar para sí enseguida (...). Tu libro tenía
que ser escrito. Faltaba en la dimensión mágica
de la isla”4.
Títulos como “Ponolani”
(1966), “Once caballos” (1970) o “Gente
de mar” (1977), junto a su labor como dramaturga y exitosa
guionista radial, probarán años después
la consagración del talento y la sensibilidad artística
que Dora cultivó desde que puso los ojos en este, su
universo.
Para la posteridad quedará la cubanía
que desbordan sus creaciones, esa esencia tan difícil
de apresar, pero que, una vez retratada, fácilmente
nos convoca y compromete.
Notas
1-Dora Alonso citada por Imeldo Álvarez
García en:
Alonso, Dora. Letras. Editorial Letras Cubanas, La Habana,
1980.
2-Espinosa, Carlos. Dora Alonso: «resulta más
fácil escribir para niños, que ofrecer una fórmula
para conseguirlo».Revista Santiago, No. 24, Diciembre
de 1976.
3-Dora Alonso citada por Imeldo Álvarez en Op. Cit.
4-Eliseo Diego citado por Imeldo Álvarez en Op. Cit.
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