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Uniformados y… ¿a la moda?
El conflicto entre reglamentaciones escolares y ansia
de los estudiantes por la moda no se resuelve con imposiciones,
arrojó una indagación de Juventud Rebelde.
Por Jorge González, Alejandro
R. Chang, Annet M. Hernández, Luisa M. González,
Rosario Alfonso, María del C. Ramón, Anet M.
Tacoronte, Paula Companioni, Arianna Barredo y Richard Ruiz,
estudiantes de Periodismo

(Tomado de Juventud Rebelde Digital) |
Blusas entalladas al cuerpo, camisas por
fuera, collares y pulsos de disímiles formas y colores,
pelados en boga y combinaciones variadas entre el uniforme
y “la ropa de calle” son algunas de las violaciones
del reglamento escolar que se pueden apreciar cada mañana
cuando los estudiantes acuden a sus escuelas.
¿Tiene que ver esta tendencia con la necesidad que
se evidencia en los jóvenes cubanos de buscar parecerse
a los de otros países? ¿Es un símbolo
de rebeldía? ¿Falta exigencia por parte de las
organizaciones que se supone deberían velar porque
esto no suceda? ¿Terminará la moda por absorber
el concepto de uniformidad extendido con la educación
revolucionaria?
Tras tales interrogantes este equipo de Juventud
Rebelde conversó con maestros, directivos y alumnos,
intercambió con sociólogos, psicólogos
y otros especialistas.
Chicos con swing
En los diferentes centros educacionales, a pesar del sinnúmero
de reproductores de música que adornaban los oídos
de los estudiantes como un accesorio más, pudimos hacernos
escuchar y hallamos criterios diversos, aunque casi todos
los entrevistados coincidieron en la necesidad de introducir
cambios en el uniforme que, de alguna forma, se correspondan
con las tendencias actuales de la moda.
Por ejemplo, Laura Cárdenas, estudiante que cursa el
nivel elemental en la especialidad de Música en la
Escuela
Nacional de Arte (ENA), nos dice mientras se acomoda las
gafas que lleva en la cabeza: “El uniforme debió
cambiar junto con la época. Ya no son los tiempos de
antes. Apostaría por uno que se adecuara más
a la moda, quizá con esta tela, pero con otros colores”.
Ostentando unas medias panty tejidas, otra Laura, pero Morales,
afirma que es demanda de la juventud hacerle transformaciones
al uniforme escolar. “Pienso también que deberían
otorgarles más libertad a los estudiantes de esta enseñanza
para poder expresar con determinados atributos su componente
artístico”.
Mientras tanto, una alumna del IPVCE
Vladimir Ilich Lenin, que desempeña el cargo de
presidenta de la FEEM
en su grupo, confiesa que si usa bien el uniforme es solo
porque tiene que dar el ejemplo a sus compañeros. «La
moda se ha convertido en un factor determinante para decidir
cómo llevarlo. Pienso, incluso, que llegará
a ser más fuerte que el propio reglamento».
No quiso revelar su nombre, pero una estudiante de Informática
del politécnico Pablo
de la Torriente Brau, considera que lo primero que debería
hacerse es permitir la blusa y la camisa por fuera. “Es
más cómodo, más cálido, algo extremadamente
importante para nosotros por las condiciones del clima. Además,
en nuestro caso, no tenemos aulas, sino laboratorios herméticos
y en ocasiones —muchas por desgracia— el aire
acondicionado no funciona o el fluido eléctrico se
va, y entonces el calor es tremendo. Otra cosa es el color.
Somos jóvenes y estamos usando un uniforme de colores
mustios, apagados. Parecemos guardaparques.
“Los estudiantes cubanos, al menos los que sobrepasamos
la adolescencia, nos encontramos en una contradicción
gigantesca: ser cheo (ridículo) y
estar en paz con el reglamento, o lucir como nos gusta y vivir
pendiente de la persecución por parte de los profesores”.
La moda tecno
Otro de los puntos en común que descubrimos en el sondeo
de este diario es la demanda de modificar los acápites
del reglamento escolar que regulan el modo en que el uniforme
ha de llevarse, con tal de hacerlos más dóciles.
De estos “acápites” resultaron extremadamente
aludidos los que hacen referencia al largo de las blusas,
camisas, sayas y pantalones; los que disponen el lugar donde
estas dos últimas piezas deben llevarse (¿cadera
o cintura?); los que ajustan el pelado y los que prohíben
la tenencia en el centro escolar de equipos de última
tecnología como MP3, celulares, cámaras fotográficas,
etcétera.
Por ejemplo, Amanda García Fabián, también
de la ENA, sostiene que está dispuesta a seguir llevando
el uniforme porque le agrada, pero no con las exigencias que
impone el reglamento actual.
“Si los jóvenes se empeñan en violarlo
es por la rigidez y el cumplimiento estricto con que pretenden
hacerlo cumplir. Yo alcancé solo blusas cortas y al
tocar el laúd, se me salen de manera inevitable. Por
otra parte, y haciendo referencia a mi enseñanza, creo
que algunas excentricidades que caracterizan la forma de ser
de los músicos también deberían ser permisibles,
como llevar el pelo desarreglado”.
Para Laura Cintra, del Centro de Estudios de Atletas de Alto
Rendimiento (CEAAR) Giraldo Córdova Cardín,
es una exageración desmedida intentar mantener a los
varones con un pelado semimilitar, sin gel fijador para el
cabello, y a las hembras sin teñirse el pelo. También
aconsejó la creación de un uniforme específico
para los estudiantes deportistas. “Tenemos un monograma
o distintivo confeccionado por nosotros mismos, pero eso es
insuficiente”.
Hay quienes se empeñan en sostener una posición
más radical, como Michel Rojas, de la ENA: “Preferiría
que los estudiantes de las enseñanzas especializadas
no usaran uniforme”.
¿Vestir de igual?
Otro grupo de entrevistados decide cumplir con lo establecido
y defienden su perspectiva, como Gretel Cáceres, del
10mo. grado en la Lenin: “Aunque la mayoría lleve
incorrectamente el uniforme, yo prefiero usarlo como se estipula.
Pienso que la Federación de Estudiantes de la Enseñanza
Media y los profesores deben exigir más para que exista
verdadera uniformidad entre el estudiantado”.
La dirección de la FEEM sostiene que quienes apuestan
por cambiar el uniforme o usarlo a su forma tal vez desconozcan
las razones de fondo que determinaron su aparición,
y las que impiden adaptarlo con más frecuencia a los
gustos o apetencias que surgen con el paso del tiempo.
“Lo primero que debe tomarse en cuenta cuando se habla
de uniforme escolar es que constituye un esfuerzo por lograr
la igualdad entre los estudiantes. Nuestro sistema social
defiende y defenderá eso por encima de todo, pese a
determinadas circunstancias adversas que han ido lacerando
un poco esa equivalencia en los últimos tiempos.
“Las posibilidades de los jóvenes son las mismas
para acceder a la educación y a la salud, pero lamentablemente
no para comprar ropa y zapatos, debido a la diversidad de
ingresos que posee la familia cubana.
“El mayor peligro de eliminar el uniforme, de permitir
que los estudiantes lo usen a su manera y le incluyan los
atributos de la moda es, sin dudas, la pérdida de esa
igualdad. Los centros educacionales deben abogar no solo por
la calidad de la enseñanza, sino también porque
cada alumno sienta que el compañero de grupo se ve
afín, aunque cuente con más solvencia adquisitiva”.
La dirigente estudiantil asegura que el cumplimiento del reglamento
escolar representa uno de los puntos cardinales que se discuten
en las reuniones de la FEEM. “Pero no podemos ajustarnos
solo al uso del uniforme. También debemos medir la
asistencia, la puntualidad, la disciplina integral.
“Pensamos que si en los métodos de evaluación
cotidiana de cada estudiante, ya sean mensuales o anuales,
se valora con rigor, profundidad y razonamiento el aspecto
del uso del uniforme, muchos problemas se resolverían”.
La dirigencia de la FEEM sugiere a educadores y directivos
de las escuelas explicarles a los estudiantes las razones
que convierten en imprescindible el conveniente uso del uniforme,
pero a través del análisis, no de imposiciones.
Una de cal y otra de arena
Harina de otro costal es el aspecto de los profesores, quienes
deben exigir un uso correcto del uniforme, pero muchos de
ellos visten con «lo último» o llevan a
la escuela los adornos y artefactos tecnológicos que
les vedan a sus educandos. Entonces, ¿es haz lo que
yo digo y no lo que yo hago?
Al respecto, Patricia
Flechilla, presidenta nacional de la FEEM, opina que “nuestra
organización está presentando una traba significativa:
mientras hacemos lo posible por recuperar la ejemplaridad
en los miembros de cada secretariado, hallamos profesores
que no demuestran el buen gusto, la estética o hasta
el pudor que se supone acorde con su profesión”.
¿Cuáles son las consideraciones de esas personas
que intentan educar a sus alumnos? ¿Se declararán
a favor o en contra de permitir cambios en el uniforme escolar?
En diálogo con José Durán, profesor de
Dirección Coral en la ENA, descubrimos una posición
más abierta: “Opino que las instituciones involucradas
en la elaboración del reglamento escolar están
siendo un poco severas en cuanto a la exigencia del estricto
uso del uniforme. Eso por una parte; y por otra tenemos el
extremo inverso: los alumnos que exageran, se ponen muchos
aretes, muchas gangarrias (adornos baratos)”.
Este profesor considera que se debería ser comprensivo
con los jóvenes, teniendo en cuenta que los tiempos
evolucionan y que los cambios, al menos, deben ser sopesados.
“Por ejemplo, si las blusas de las muchachas vienen
cortas de la fábrica, ¿por qué vamos
a obligarlas a ponérselas por dentro? Este es un elemento
práctico, no de más o menos tolerancia”.
Incluso refiere que a veces los estudiantes entran en contradicciones
propias de la situación económica del país,
como sucede con el uso de medias blancas. “Se les pide
que sean de colores claros, pero no todos tienen las mismas
posibilidades, máxime en una escuela de becados, donde
a veces no se le otorga al estudiante los recursos necesarios
para cumplir las exigencias”.
Tampoco cree que la condescendencia deba ser solo con los
alumnos “artistas”, porque a ellos les guste más
que a otros expresar algún tipo de inspiración
mediante la forma de vestir.
“Ese es un estereotipo que no me convence. Llevar mal
puesto el uniforme no es cosa solo de artistas, porque aquí
mismo imparten clases profesores con una intensa vida artística
que visten de forma convencional y muy correcta. Esto es una
tendencia de la juventud en general, influenciada por la edad,
la moda, los deseos de romper las reglas, de llevar la contraria,
y aderezada por cada quien de acuerdo con el tipo de personalidad,
al código de valores y a la estética particular”.
En cambio, Rosalía Capote, profesora de Piano Básico
en la misma escuela, aboga porque en todos los centros educacionales
del país se trabaje arduamente con el objetivo de recuperar
el uso correcto del uniforme escolar.
“Los estudiantes han perdido el concepto de qué
es y qué representa vestir de forma adecuada cada una
de las piezas que lo conforman, tal vez por el déficit
que afrontó el país durante el período
especial, puesto que en esa etapa se tomaron ciertas libertades.
Por ejemplo, si no había camisa blanca se le permitía
al alumno que usara pulóver de ese color, si no había
pantalón se recurría al uso de un jean oscuro.
“Ahora tenemos mejores condiciones económicas
y pienso que perfectamente se puede rescatar la utilización
del uniforme como norma estricta, superando la mala costumbre
del “no importa”, de justificarlo todo, de permitir
un uniforme sustituido o un uniforme mal usado”.
Hay profesores, incluso, que opinan que el uso del uniforme
puede llegar a distinguir a un alumno de otro, de acuerdo
con la escuela y a las “flexibilidades” de esta
con respecto a estas prendas.
Según María de Jesús Hernández,
profesora de la Lenin, resulta fácil determinar cuando
un estudiante pertenece a esa escuela por el uniforme escolar.
“Las muchachas usan la saya bien larga, casi por debajo
de la rodilla, y extremadamente a la cadera, las medias se
llevan lo más alto posible y la blusa diríase
moldeada en la persona. Los muchachos son menos estándar:
cada uno usa el uniforme de acuerdo con la tendencia con la
que se sienta más reconocido: rockeros,
freakys, mickeys, repas,
etcétera”.
La pedagoga también considera que “hay un areté
extraoficial que identifica a los alumnos de la Lenin con
determinadas características en la forma de cortarse
el pelo, en los gestos, en el estilo de conversar; pero sin
extremar, que estos muchachos no son tan diferentes a los
del resto de las escuelas.
“No me parece adecuado que los varones usen las prendas
íntimas de forma que se vean por encima del pantalón.
Sabemos que los estudiantes crecen y que únicamente
se les otorga uniforme al entrar en primer año, pero
todos los centros de enseñanza ofrecen la posibilidad
de, cuando esto ocurra, cambiar el uniforme en el almacén.
“Las futuras modificaciones resultan inevitables ante
una realidad que se impone: es imprescindible sentarse a valorar
un consenso de cambios en el uniforme escolar que identifique
las distintas tendencias de la moda en la juventud cubana.
Peor es esto que sucede ahora, este relajamiento, esta multiplicidad
de criterios con respecto a la manera de usarlo”.
Desde otro ángulo de la situación, Alejandro
Vergara, también profesor, pero del CEAAR, asegura
poner el dedo en otra herida cuando afirma que el promedio
de los alumnos hace un buen uso del uniforme dentro de las
áreas de los centros, pero al salir todo cambia.
“Se ponen gorras y gafas de sol que traen dentro de
las mochilas, si deciden no quitarse la camisa o la blusa
para exhibir otra civil se levantan los cuellos, se incluyen
un descomunal número de prendas, entre otros cambios”.
Flexibilidad estricta
Para Patricia Arés Muzio, presidenta de la Sociedad
Cubana de Psicología, los jóvenes aceptan el
uniforme, porque atenúa el impacto de una desigualdad
social extrema. “Si este se eliminara entonces surgiría
otro problema: usar ropa adecuada para conservar el respeto
entre profesores y alumnos.
“El uniforme escolar de hoy está concebido completamente
apartado de la moda. En esto quizá influye que sus
diseñadores son personas alejadas del mundo de los
adolescentes, de su forma de vestir, de sus gustos y preferencias.
Al no cumplir con los parámetros de la usanza actual,
los jóvenes tratan de adecuarlo a como desean verse
en la búsqueda de su personalidad.
“La música perfila mucho el modo de vestir, influyendo
en que cada muchacho incorpore al uniforme accesorios ajenos
al reglamento establecido. Por ese lado, pienso que debería
haber una mayor flexibilidad, en cuanto a que se le otorgue
una apertura a la moda dentro del uniforme, permitiéndose
algunas libertades como en el peinado o en la longitud del
cabello deseada. Se trata de hacer un análisis colectivo,
y dentro de lo que está establecido, ser un poco más
flexibles”.
La profesora principal de la asignatura Psicología
de la Adolescencia y la Juventud en la Universidad
de La Habana, Laura Domínguez García, afirma
que cuando un ser humano comienza a crecer y a desarrollarse
se va adentrando cada vez más en el papel que le corresponde
desempeñar en la sociedad, va alcanzando un mayor perfeccionamiento
intelectual cuya primera tarea, en la etapa de la adolescencia,
es crear la personalidad partiendo de su descubrimiento como
individuo en la búsqueda de un proyecto de vida.
“Quizá el problema del uniforme tiene sus cimientos
en esa búsqueda de la identidad personal. Una manera
de autoafirmarse es el uso exagerado de la moda, que constituye
un indicador de la crisis de la adolescencia.
“No defiendo el incorrecto uso del uniforme, pues su
función va implícita en la misma palabra: lograr
una igualdad. Más que esto, creo que se deberían
escoger uniformes de acuerdo con los gustos de la mayoría.
O sea, debiera realizarse un análisis entre diferentes
psicólogos hasta llegar al modelo que más se
acerca a la juventud actual.
“Martí
dijo: “el que lleva mucho adentro necesita poco afuera”.
Por tanto, la escuela debe abrir espacio al debate sobre el
tema de los valores, ya que la moda tipifica la edad”.
La especialista asegura que no se trata de asumir la actitud
de muchos profesores, que en tremenda mayoría le otorgan
un enfoque negativo y evasivo al tema, cuando la clave del
éxito radica en buscar el mejor modo de llegar al estudiante
comprendiendo el porqué de su modo de actuar.
“No se trata de encerrarnos en el pasado, sino de valorar
las experiencias y extraer de ellas enseñanzas para
ponerlas en función de las exigencias de la sociedad
moderna. Se trata, simplemente, de parecernos más a
nuestros tiempos.
“Más allá de imponerle al estudiante que
debe usar correctamente el uniforme escolar debería
acudirse a un diálogo flexible entre iguales, donde
el joven plantee al profesor cuáles son sus necesidades,
y este otro, a partir de ellas, otorgue algunas libertades.
Algo así como una firma de contratos, porque la imposición
es la antesala de la repulsión”.
Dudas sin vestuario
Margarita Barrio, periodista de Juventud Rebelde que vivió
el nacimiento del uniforme escolar actual, cuando se fundaron
las Escuelas en el Campo en los años 70 del siglo pasado,
nos comenta que un grupo de diseñadores de la Federación
de Mujeres Cubanas (FMC) conformó propuestas para
los posibles modelos, pero siempre teniendo en cuenta la opinión
de los propios estudiantes.
Ellos eligieron el color, los tipos y los accesorios que llevarían,
a partir de lo que constituía moda en aquel entonces,
con la única diferencia que antes se usaba corbata
de forma permanente.
Uno de los que también ha vivido la era del uniforme
escolar, el profesor Ricardo Giniebra Urra, analiza la situación
desde su perspectiva como psicólogo y docente de la
Universidad de La Habana.
“La forma de vestir de los jóvenes se caracteriza
por el desenfado, el arte del inmediatismo, la incoherencia
de ciertas ropas con el lugar visitado y la falta de cuidados.
Es una expresión de cómo se piensa y se ve la
vida en la adolescencia”.
Para él los centros educacionales no pueden estar alejados
de los avances de la cosmética, la moda y la publicidad
pues, sobre todo en estos tiempos, el muchacho tiende a hacer
más cercano su mundo interior con el exterior e intenta
reflejar en su manera de vestir toda la influencia que recibe
del medio que lo circunda.
Estas y otras cuestiones deben ser valoradas por quienes ponen
sus ojos, quizá hasta de forma egoísta, en los
cambios, sin detenerse a pensar en las posibilidades de concretarlos.
Actualmente en Cuba existen unos 2 000 000 de estudiantes,
desde preescolar hasta preuniversitario, incluyendo tecnológicos
y escuelas vocacionales. Algunos modelos del uniforme son
de reciente creación, como los de las Escuelas
de Instructores de Arte.
¿Responden sus diseños realmente a la moda,
o son réplicas de un gusto estético ya fuera
de época?
Estas y otras interrogantes gravitan sobre el tema del uniforme
escolar. Cambiarlo de “rajatabla” tampoco es sencillo.
Habría que valorar primero si el país posee
recursos suficientes para realizar una reforma de semejante
magnitud y estudiar bien si vale la pena modificar un uniforme
con tanto contenido histórico.
Incluso de ceder a las peticiones de la juventud, ¿acaso
no surgirán nuevas inconformidades con el moderno uniforme?
¿Qué criterios se aplicarán para su remodelación?
Lo que sí está claro es que, como dijera el
profesor Giniebra Urra, “las escuelas deben asemejarse
cada vez más a la vida, para que ambas se den la mano
y dejen de coexistir en dos universos paralelos”.
(Tomado
de Juventud Rebelde Digital)
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