| Reflexiones

(Ilustración: Fariñas) |
Recibí este texto, enamorado
y profundo, en un torbellino de mensajes hace varias semanas;
agradezco a quien seas —ahora soy yo la encantada víctima
de un escrito—, esa posibilidad de llevar la imaginación
por intrincados parajes de los valores humanos. No podía
caer en el egoísmo de quedarne con tus reflexiones,
por ello las pongo en los sueños de esta cofradía
—ya de tantos, para aliento de este mundo— a la
que hemos llamado… El Diablo Ilustrado.
Aun cuando la vida golpee y destruya con
su paso las obras que con sacrificio has logrado levantar,
da las gracias porque no te destruyó.
Cuando el remordimiento de ver nuestros
sueños sumidos en irremediables pesadillas nos perturbe,
demos gracias que podemos al menos soñar.
El amor es la compilación de sabores
que se deleitan en un manjar que insinúa ser exquisito
e inolvidable.
La palabra más bella que existe después
de amor es dar, no importa que no recibamos, no importa que
seamos incomprendidos; solo nos debe preocupar no quedarnos
con las ganas y los remordimientos de lo que pudo ser y no
fue.
El olvido es en realidad una forma de lidiar
con nuestros propios errores, con esas cadenas que cada día
van transformando nuestra existencia, convirtiéndonos
en esclavos de la rutina y de las causas sin seguidores.
Soy esclavo de mi conciencia, de esos errores
que no acabo de remediar, de la joven que perdí y aun
hoy me recuerda, de las palabras que no dije a tiempo, de
las caricias que negué cuando creía que lo merecía
todo, de las noches que escapé para saciar mi sed y
espíritu de fiera salvaje y de todas las cosas buenas
o malas que recuerdo o que ya a nadie le importan.
Soy eso que ves, un hombre que ha trascendido
la barrera de su tiempo para vivir el tuyo, para soñar
que eres mía, para imaginar que somos, como dice la
Ley, inseparables ante la muerte física y espiritual.
Soy eso que ves, ese ser despreciable que abandona su vida
para complacer los caprichos de niña consentida, de
mujer inconforme con lo que tiene para buscar afuera lo que
ni tú misma conoces.
La inconformidad nos permite mejorar, rectificar,
enmendar y erguirnos como eternos jueces de nuestro actuar
y nuestro sentir. Seamos inconformes cuando, aunque nos valoran
como excelentes personas, exista alguien que no crea en nosotros;
volvamos atrás cuando algo no nos haya complacido aún,
cuando nadie vea sus defectos; seamos inconformes con las
glorias que se consiguen sin luchar pues esas se van muy pronto
sin poderse disfrutar.
El hombre más rico que conozco tiene
un solo pantalón ya casi sin color, tiene una camisa
vieja que aún recuerda las noches que lo acompañó
cuando era la moda, ahora es solo el recuerdo de una etapa
feliz, pero que ya concluyó.
El hombre más rico que conozco tiene
un reloj de bolsillo que ya no está a la par con el
tiempo y siempre anda apenado pues es solo una carga inútil
que no reporta beneficios. El hombre más rico que conozco
no le tiene miedo a la vida y lucha por salir adelante; el
hombre más rico que conozco reparte amor con tanta
ternura que no solo da amor, sino que también entrega
lo que tiene y lo que es.
El hombre más rico que conozco tiene
un amigo que lo respeta, que lo quiere y que reconoce en él,
el paradigma soñado; el hombre más rico que
conozco es libre, anda por los campos de la vida sin miedo
a ser señalado o destruido y sonríe, sí,
sonríe con esa fuerza de los que reparten amor y no
temen ser recompensados.
El hombre más rico que conozco habla
con su corazón a todas horas; el hombre más
rico que conozco casi no come pues no tiene lugar fijo para
hacerlo, pero sonríe, pues sabe que quizá mañana
su suerte cambie; al hombre más rico que conozco no
le importan el dinero ni las joyas, no envidia ni odia. El
hombre más rico que conozco soy yo.
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