| La
labor más elevada del mundo Por
IWC
La juventud de estos muchachos
ya está dando mucho que hablar. Apenas con tres años
de trabajo en el policlínico Luis A. Carbó,
del municipio capitalino de San Miguel del Padrón,
y ya son reconocidos por muchas personas que, en agradecimiento,
les abordan en plena calle, les saludan y en esa espontaneidad
cotidiana está implícito del reconocimiento
a la labor que estos jóvenes realizan.
Ella
Se llama Yaimara Hernández Lima y cursa la especialidad
de Logopedia en la escuela Salvador
Allende. Tenía desde pequeña cierta inclinación
por esta vocación, pero no la tomó “en
serio” hasta que “en el preuniversitario Héroes
de Varsovia, en G?ira de Melena, cuando estaba en duodécimo
grado, me interesé en el curso de Tecnología
de la Salud. Me presenté en mi actual escuela y así,
después de algunas entrevistas y una prueba de aptitud,
me aceptaron.
“Desde pequeña había
deseado estudiar Defectología, encaminar mis pasos
y mi futuro en esta profesión donde el contacto con
los pequeños es tan intenso en aras de ofrecerles una
calidad de vida superior a niños que han nacido con
alguna discapacidad.
“Pero cuando me ofrecieron la especialidad
de Logopedia supe que esta era la rama que me interesaba,
que ese deseo de ayudar a las personas a superarse se me estaba
situando al frente y me estaba abriendo las puertas.
“La Medicina siempre me atrajo, porque
mi abuelo era médico, pero el deseo de educar parece
que caló fuerte en mi familia: mi hermano terminó
por hacerse profesor y yo me decidí por esta especialidad,
que es un término medio entre la Medicina y el magisterio.
“A criterio de muchos, se necesita de una gran dedicación
y paciencia para lograr en el día a día la rehabilitación
de las personas que la necesitan.
“En este policlínico llevo
trabajando ya tres años. Aquí están las
experiencias que he logrado en el contacto directo con los
pacientes, con la ayuda de una excelente tutora, la licenciada
Yamilé Corrales. Ella me ha brindado todo el apoyo,
sus conocimientos y sus deseos para, en aquellos casaos difíciles,
encontrar una salida, una palabra de aliento, la fortaleza
para no flaquear y darme por vencida.
“Aquí están mis logros,
logros que aún siento pequeños, pero en el agradecimiento
de mis pacientes rehabilitados descansa todo lo que necesito,
todo lo que busco. En cada sonrisa de ellos está mi
granito de arena, mi aporte a la felicidad de un ser humano
y eso me hace sentir bien, plena, útil.
“¿Y qué más puede
pedir una? Dime, ¿qué…?”
Él
Se llama Maykel Sotolongo Puig. Es licenciado
en Cultura Física en Deporte y Rehabilitación,
del Instituto Manuel Fajardo.
Practicaba baloncesto desde pequeño,
todo su somatotipo apuntaba a un baloncestista aguerrido,
con todas las cualidades que requiere un deporte de contacto.
Por eso, a veces cuesta trabajo imaginarlo en una labor tan
delicada y cuidadosa como la rehabilitación de un paciente
que ha perdido ciertas habilidades motoras, por solo citar
un caso.
“El deporte lo era todo para mí.
No descuidé nunca los estudios, pero prefería
la cancha a los libros, esa es la verdad. Practiqué
baloncesto hasta que pude (aún lo hago en mis ratos
libres), porque quería ser eso y solo eso: un deportista.
Pero la vida va dando vueltas y uno no consigue comprender
hasta mucho después el porqué de ciertos eventos
en nuestro camino.
“Cuando no clasifiqué para
el alto rendimiento creí que hasta ahí llegaba,
Mi madre es licenciada en Enfermería y siempre me apoyó.
Recuerdo que me dijo: 'Tienes una carrera, por ahí
tal vez anda tu talento'.
“No sabía cuánta razón
tenía. Durante tres años trabajé como
profesor de Educación Física y luego me presenté
a una captación que realizaban en este policlínico
de San Miguel del Padrón, para laborar como rehabilitador
físico.
“¡Qué acertada fue la
decisión de presentarme! No solo porque me aceptaran,
sino porque así, de golpe, comprendí que aquí
era donde quería estar y era esto lo que quería
hacer. Me había estado preparando como rehabilitador
físico y no lo sabía. Ahora ya estaba listo
para desempeñarme en lo que me gustaba, y estaba dispuesto
a no perder ni un segundo más.
“Pasé cursos de especialización
en técnicas de Mecanoterapia, Quinesioterapia y otras.
Estaba ávido por aprender y profundizar. El deseo de
hacer bien mi trabajo, de saber que de mí dependía
que una persona recuperara la confianza y la entereza física,
me dieron todo el ánimo necesario para adentrarme en
los detalles. Ya sabía por qué y para quien
lo hacía. Quería saber no solo cómo hacerlo,
sino cómo hacerlo de la mayor manera posible.
“Ser rehabilitador físico ha
sido una experiencia única. Creo que cada cual tiene
un don y con algo de suerte, mucho de conciencia y voluntad,
puede llegar a conocer esta profesión.
“Un trabajo deja de serlo cuando te
gusta, cuando sientes que lo que estás haciendo es
lo que tú eres, Así me siento yo. Día
a día veo a mis pacientes progresar, y allí
donde había parálisis, luego comienza a haber
movimiento; y ese es mi aporte a la vida de esas personas
y a la mía en particular.
“Ser rehabilitador es mi profesión,
es mi alegría, es lo que soy y eso me hacer sentir
bien, feliz, capaz”.
Ellos
Cuando coincidieron ya todo estaba dicho. Las miradas, los
gestos, la oportunidad les brindó el chance de conocerse
y ellos hicieron el resto. No es raro verlos llegar de la
mano, cada uno a su trabajo. Los pacientes los esperan para
comenzar los ejercicios.
Para Yaimara, “es una ventaja que
tu pareja conozca los pormenores de tu labor. No digo que
sea lo ideal pertenecer a especialidades que se complementan,
solo digo que la comunicación se hace más fácil,
más fluida. Hay puntos de contacto. En verdad, es bueno
estar enamorada y ser correspondida”.
Maykel está de acuerdo: “Aquí
atendemos cerca de 100 casos diariamente. Algunos son de los
dos: pacientes que presentan afectaciones motoras y del habla,
y es gratificante trabajar con alguien a quien aprecias y
ver cómo esa persona sale adelante, cómo se
le vuelven a abrir las puertas que creía que ya estaban
cerradas y vuelve a andar, a hablar. Y eso nos hace felices.
La dicha de estar juntos y de poder hacer también esto
juntos, es algo muy bueno”.
El tiempo no daba para más. Así
que volvieron estos jóvenes a su trabajo, a sus pacientes,
a su labor, la más elevada del mudo; la que practican
todos aquellos que, sin importar lo que hagan, le devuelvan
la esperanza a quienes, por alguna razón, la habían
perdido.
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