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Guillermo del Toro
El genio en su laberinto

Por Pavel López

Influencias literarias y pictóricas de la más contradictoria naturaleza se dan cita en la obra de Guillermo del Toro. Junto a Alejandro González Iñárritu (“Babel”) y Alfonso Cuarón (“Y tu mamá también”) conforma la tríada de directores mexicanos contemporáneos que hablan de tú a tú con los grandes imperios cinematográficos del mundo, sin traicionar su identidad creativa.

Guillermo del Toro.
Guillermo del Toro mantiene, por sobre todas las cosas, su identidad creadora.
(Foto. Archivo)

La polémica lo sigue de cerca, como a un objeto su sombra. Para muchos, su método artístico se reduce a la eficaz apropiación de añejas fórmulas. Otros lo aclaman como a un autor de calibre, en perenne estado de gracia.

Diferencias aparte, la inmensa mayoría reconoce la capacidad de Guillermo del Toro para inyectar a los géneros abocados al desborde imaginativo (ciencia-ficción, horror, fantástico) la profundidad de un tratado filosófico.

Sin embargo, al realizador lo acompaña la mirada severa de los puristas, dudosos ante su desprejuiciado estilo, en el cual se pueden rastrear, según ha señalado la crítica, tanto los aportes del comic anglosajón de consumo masivo y su mitología de superhéroes, como la huella de enigmáticos escritores de la talla de Oscar Wilde, Howard Phillips Lovecraft o Jorge Luis Borges.

La imagen en sus filmes no es menos contradictoria, al conjugar la herencia del dibujo animado japonés más comercial con el legado de pintores de la estatura de Caravaggio, El Bosco, Artemisia Gentileschi o ilustradores de leyenda como Gustave Doré, amantes todos de atmósferas tenebrosas, enrarecidas, inquietantes.

El saldo final de este alucinante reciclaje es una obra perturbadora e inclasificable, transida de una fantasmal belleza, que se confunde muchas veces con mera imaginería industrial, puro cine escapista de monstruos y efectos especiales, en un empaque, eso sí, de altísimos quilates.

Controvertidos inicios
Su debut en la pantalla grande no podía ser más insólito. Con el estreno de “Cronos” (1992), Guillermo del Toro materializaba un electrizante salto al vacío. Absoluto desconcierto experimentó el público ante aquella historia de vampiros, maleficios y esoterismo, atípica dentro del panorama audiovisual de Latinoamérica.

El especialista mexicano Jorge Ayala Blanco vapuleaba la cinta por aquellos días en las páginas del periódico El financiero, catalogándola de “curioso apéndice subdesarrollado de un fatídico cine de entretenimiento, sin siquiera un discreto encanto de sabor local”1.

Pocos entendieron su arriesgada propuesta, a la cual se le aplaudió, en el mejor de los casos, cierto espíritu paródico en sintonía con la sensibilidad posmoderna, criterio que aún hoy molesta al cineasta.

Adentrarse en Hollywood y vivir para contarlo
Los modestos recursos que exigió “Cronos”, en comparación con el cine producido en Estados Unidos, y sus extraordinarios resultados a nivel artístico, despertaron rápidamente la codicia de la industria norteamericana, que vio en Del Toro la oportunidad para una excelente apuesta económica.

En cambio, las cosas no salieron de la manera soñada. Más allá de la negación a dirigir el remake en inglés de su primera película y las secuelas de la saga de Harry Potter, Del Toro supo imponer un sello personal a la avalancha de cintas “por encargo” que sobrevino durante su paseo por la meca del cine.

Si en “Mimic” (1997), aquel filme sobre una invasión de insectos descomunales, tuvo que hacer algunas concesiones que malograron el resultado final de la obra, ya en “Blade II” (2002), nuevo capítulo de la serie sobre el mítico cazador de vampiros, se siente el peso de su poética en el trazado psicológico de los personajes y en el sugestivo diseño de atmósferas, atípicos para una producción abiertamente comercial.

Sin embargo, será “Hellboy” (2004) la pieza más revolucionaria entre las realizadas por Del Toro en ese país, a la cual calificará en su momento como “una cinta muy personal, disfrazada de película de verano americana”.

Su trama, aparentemente ingenua, sobre un personaje demoníaco atormentado por su esencia sobrenatural y empeñado en alcanzar la condición humana, terminó convirtiéndose para algunos en la obra maestra del cine comic, una inusual reflexión acerca de temas universales como el sacrificio, la redención y la necesidad de la bondad en un mundo plagado de violencia.

Los filmes no reportaron a los grandes estudios los dividendos anhelados pero, sin lugar a dudas, Del Toro se salió con la suya.

La supremacía del fauno
“El espinazo del diablo” (2001) marcó el inicio de una relación estrecha entre el cineasta mexicano y España, país donde se reverencia su obra como la de pocos.

Producida por la compañía El deseo, del realizador manchego Pedro Almodóvar, la película se adentró en la historia de esa nación ibérica a través del género fantástico, estrategia que alcanzó posteriormente su plena madurez en “El laberinto del fauno” (2006). Esta última arrasó en diversos certámenes internacionales el pasado año, obteniendo siete premios Goya y tres Oscar, entre otros galardones.

Su argumento, que recrea los años posteriores a la Guerra Civil española y la incidencia de este despiadado contexto en una niña de fértil imaginación, cautivó definitivamente a la crítica, que vio en la cinta “un cuento de hadas moderno, a la vez que una soberbia y agridulce reflexión sobre la pérdida de la inocencia”2.

Tras 15 años de carrera, los proyectos no cesan de multiplicarse en la agenda del realizador: una complejísima adaptación de la novela “Las montañas de la locura”, de Lovecraft, y otra coproducción titulada “39-93”, que vinculará el escenario español de la posguerra con la actualidad, son solo algunas de las maravillas que este genio se encargará de trasladar a la pantalla.

Todo parece indicar que el culto a Guillermo del Toro crecerá hasta el infinito.

Notas
1-Ayala Blanco, Jesús. “La eficacia del cine mexicano. Entre lo nuevo y lo viejo” (Selección de reseñas publicadas en El Financiero). Editorial Grijalbo, México, 1994.
2-Palacios, Jesús. “El arte de Guillermo del Toro. Tauromaquia racial”. En publicación digital especializada Kane 3, febrero 2007.


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