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Una Revolución que se fue a bolina


Por Joaquín Oramas

En los meses iniciales de 1933, Cuba era un país en pie de guerra, a pesar de la represión sanguinaria del Gobierno del tirano Gerardo Machado.

Se sucedían las manifestaciones, mítines callejeros —conocidos popularmente como "tánganas"—, las huelgas estudiantiles, estallaban frecuentes explosiones de petardos y otros artefactos, ocurrían atentados contra elementos del régimen, mientras que el movimiento sindical organizaba huelgas de los obreros y campesinos, en especial de los ramos azucareros, tranviarios, tabacaleros y guajiros que, unidos a la gran masa de desocupados, conmovían el país.

Machado y su aparato de poder respondió al ascenso de la marea revolucionaria con más y mayor represión. La zafra azucarera de 1933 tuvo lugar en el marco de sucesivos y simultáneos paros; centrales azucareros eran ocupados por los obreros, las calles de los bateyes eran terreno de manifestaciones masivas y de combate en los que los trabajadores repelían a la fuerza pública y no cesaba la actuación de los comités de huelga unitarios.

En la entonces provincia de Las Villas surgieron partidas de hombres en armas. En Oriente, Antonio Guiteras, quien extendía su red a toda la Isla y continuando el enfrentamiento a la dictadura, iniciado años antes, fraguó un plan que estipulaba tomar el cuartel Moncada, en Santiago de Cuba, más tarde famoso por otro asalto, a iniciativa de Fidel Castro, el 26 de julio de 1953.

No obstante, los revolucionarios sublevaron a la población de San Luis, al tiempo que buscaban refugio en las montañas, desde donde preparaban otro ataque, esta vez contra el cuartel de la ciudad de Bayamo.

Como se decía, la pobreza empezaba a tocar también en las puertas de las mansiones y palacetes donde residían las familias adineradas de La Habana. Cuba fue uno de los países más perjudicados por la depresión que originó el crack económico norteamericano en 1929. La dependencia de un solo producto, el azúcar, y de un solo mercado, Estados Unidos, al que vendía más del 80% de su producción exportable, hizo que el sufrimiento por la crisis fuera mayor en la Isla. El precio del azúcar cayó de 2,18 centavos de dólar por libra (era ya muy bajo) a 0,52 centavos. Las ventas del azúcar decrecieron en 50% como consecuencia de la crisis y el aumento de las tarifas arancelarias impuestas por Washington. Igual ocurrió con el tabaco, que se redujo en el torcido a un tercio de las cifras de 1903.

Abocado el país a huelga general organizada por el Partido Comunista y otras organizaciones, y al advertir que la caldera cubana estaba a apunto de estallar, el presidente de EE.UU., Franklyn Delano Roosevelt, en 1933 envía a Cuba al entonces subsecretario de Asuntos Latinoamericanos, Benjamín Sumner Welles, amigo personal del Mandatario norteamericano.

El nuevo Embajador traía, entre otras, las instrucciones de evitar una revolución hostil a los intereses de la Administración norteamericana. En su gestión mediadora permitiría a Machado continuar en la presidencia hasta el 20 de mayo de 1935, fecha en que expiraba el período por el cual fue "electo" por sí mismo en 1928. Los políticos tradicionales corrieron alborozados a prestar su concurso al mediador, aceptaron tomar parte en la componenda.

El Directorio Estudiantil Universitario (DEU), el Partido Comunista y los seguidores de Antonio Guiteras, entre otros, desenmascararon la injerencia extranjera, denunciaron las metas imperialistas que perseguían y arreciaron la lucha revolucionaria.

El 12 de agosto de 1933, Gerardo Machado, derrocado por la acción de gran parte del pueblo cubano, huyó a las Bahamas, acompañado de varios de sus colaboradores. El día anterior la alta jerarquía del ejército, tan fiel a su mandato poco antes, había retirado el apoyo al tirano, conminándole a abandonar el país. Welles no logró que el general machadista Alberto Herrera fuese aceptado como mandatario y fue consensuada la designación de Carlos Manuel de Céspedes, hijo del Padre de la Patria, protagonista del primer Grito de Independencia, el 10 de octubre de 1868.

El embajador Welles logró que el hijo del digno patriota fuese un nuevo títere para la Administración norteamericana, cuya garantía quedaba reflejada en los barcos de guerra de la Marina de EE.UU. anclados en el puerto habanero para intimidar a la población y evitar la acción revolucionaria contra el nuevo orden.

Este impopular gobierno tuvo la breve duración de 22 días, para caer el 4 de septiembre de 1933, pues la agitación popular se extendió a las filas del Ejército que no podía quedar inmune a las nuevas ideas de lucha, dividiéndose sus miembros y acatando directrices de grupos y partidos políticos de oposición y de derecha. El descontento existente en el Ejército por la baja paga de los soldados, que era de 24 pesos al mes; el mal estado de los campamentos, la insuficiencia de ropas y zapatos entre la tropa, el cumplimiento lento de una ley de 1923, que daba a los sargentos oportunidad de llegar a ser oficiales; el despotismo de los mandos y el racismo especialmente a profesionales de raza negra, las ambiciones de ocupar altos cargos e intermedios que quedarían vacantes si se llevaba a cabo una proyectada depuración del Ejército, fueron algunas de las causas que desencadenaron la tormenta del 4 de septiembre de 1933, a espaldas del control ejercido por la Administración de Welles, que condujo a la destitución de Céspedes.

La conspiración militar la inició el sargento Pablo Rodríguez, cuartel maestre de una compañía, quien, a su vez, era presidente del Club de Alistados. En la madrugada del 4 de septiembre se llevó a cabo el pronunciamiento que tuvo como eje el campamento de Columbia. El golpe de mando, incruento, consiguió la inmediata adhesión de los sargentos, clases de tropa y soldados de todas las guarniciones, donde el más cualificado, aunque sólo fuese cabo o suboficial, se ponía al mando y se autograduaba convenientemente para imponer el orden. A todos los jefes y oficiales del ejército y de la marina se les suspendieron sus cargos, provisionalmente.

Pablo Rodríguez, ascendido a oficial, viajó a Matanzas para controlar el cuartel Goicuría, mientras otros sargentos viajaban a Pinar del Río para hacer lo mismo. Fulgencio Batista, aprovechando que Rodríguez se hallaba en Matanzas y valiéndose de la astucia que le caracterizaba, se erigió en jefe del nuevo mando en el que haría veloz carrera militar hasta el generalato.

El golpe del 4 de septiembre de 1933 produjo un cambio no sólo en el ejército y su estructura tradicional, sino en la situación política nacional.

El 5 de septiembre se publicó, con fecha 4 del mismo mes, la Proclama al Pueblo de Cuba que firmaron más de 15 civiles y un solo militar, Fulgencio Batista Zaldívar, cuya rúbrica fue la única a la que acompañó a un título, el "sargento jefe de todas las Fuerzas Armadas de la República". El documento estipulaba la convocatoria a una Asamblea Constituyente y, entre otras cosas, anunciaba que "la Agrupación Revolucionaria de Cuba se hace cargo del poder como Gobierno provisional Revolucionario".

La Agrupación Revolucionaria acordó, entonces, poner en práctica la forma colegiada de gobierno, para lo cual dispuso la creación de la Comisión Ejecutiva, integrada por cinco miembros. Cada pentarca —integrante de “la Pentarquía”, como se le conoció popularmente— asumió la dirección de una o varias ramas de la Administración.

La pentarquía se desintegró el 10 de septiembre, con duración de sólo 5 días de gestión.

En los primeros momentos uno de sus integrantes, Sergio Carbó, periodista de profesión, que orientó las Secretarías (ministerios) de Gobernación, Guerra y Marina, sin consultar a nadie autorizado, ascendió al sargento Fulgencio Batista a coronel, quien, a su vez, se proclamó jefe del Ejército. El Gobierno de Los Cien Días surgió como un obstáculo imprevisto a la consecución de los objetivos de la misión de Sumner Welles en Cuba, pero aceptado por altas instancias norteamericanas como mal menor ante lo imprevisible de los acontecimientos.

En momentos en que el enviado estadounidense creía próxima la realización de todas sus metas, el golpe del 4 de septiembre de 1933 derribó a un gobierno impopular.

Frente a la nueva situación, Washington se planteó de inmediato eliminar a quienes se interpusieron en su camino, promover un nuevo gobierno títere y materializar las instrucciones que había dado a Welles en mayo de 1933. La línea norteamericana se tradujo en el no reconocimiento diplomático al de Los Cien Días; en el envío a Cuba de una poderosa flota que llegó a contar con 29 navíos de guerra, a fin de presionar al régimen, alentar a la oposición y fortalecer la posición de Welles; en el apoyo a toda conspiración derechista y en la gestación, desarrollo y ejecución de un cuartelazo reaccionario, con el recién estrenado coronel Batista como su hombre fuerte en Cuba.

Al quedar disuelta la Pentarquía, el día 10, por acuerdo de la Agrupación o Junta Revolucionaria de Columbia se designó al doctor Ramón Grau San Martín presidente de la República. Ese mismo día, Grau tomó posesión y designó al gabinete que integraba, entre otros, Antonio Guiteras como titular de Gobernación, quien fue promotor de decretos-ley revolucionarios cuya vigencia entrañaba el comienzo de modificaciones en la sociedad cubana, lo cual preocupaba a la oligarquía y a Washington, que enviaba al embajador Caffery en sustitución de Welles.

El 15 de enero de 1934 una junta militar presidida por Batista demandaba la sustitución de Grau San Martín, que fue aceptada por éste, disolviéndose el Gobierno de los Cien Días. Lo sustituyó por un día Carlos Hevia y una semana después el nuevo hombre fuerte de Estados Unidos impuso al coronel Carlos Mendieta.

Se iniciaba una nueva era de dictadura militar impuesta desde Washington a través del sargento que se apoderó del movimiento del 4 de Septiembre.

La Revolución del 33 “se fue a bolina”, como señalara Raúl Roa, uno de sus protagonistas y después Canciller de la Dignidad del Gobierno Revolucionario, que convirtió en realidad todas sus aspiraciones frustradas.

(Tomado de www.granma.cu)

 

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