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Entre la vocación y el deber
Siete años consagrados a la difícil
labor de promover la cultura en los terrenos más insólitos
de la geografía nacional, han consolidado a los instructores
de Arte como exponentes de una nueva vanguardia artística
en Cuba.
Por Pável
López
Se acercan con paso firme a su primera década
de existencia y tal parece que siempre han estado entre nosotros.
Enamorados de la “arcilla que va en sus manos”,
los instructores
de Arte van puliendo día a día las asperezas
de su tiempo, en la búsqueda de una obra maestra sin
igual: una sociedad devota de la belleza que nace del trabajo
del hombre y de los caprichosos desbordes de su imaginación.
Nunca antes la difícil
tarea de crear constituyó, a partes iguales, un ejercicio
de libertad y de responsabilidad social.
Escuelas, casas de Cultura o cualquier espacio
comunitario donde se les necesite, reciben la atención
pronta de estos jóvenes a los que la Revolución
exoneró de la disyuntiva de elegir entre su vocación
y la incondicionalidad con los imperativos de su época.
Cultivar el talento para el canto, la danza
y la actuación no está reñido por estos
días con la idea de integrarse, participar y mejorar
el universo que habitamos. Atrás quedaron las viejas
concepciones del creador como un sujeto huraño encerrado
en su torre de marfil enfrascado en la búsqueda de
un arte depurado y distante de las “mezquindades e imperfecciones
del mundo real”.
Los tiempos que corren exigen nuevos retos
y bien lo saben estos muchachos que articulan a la par, con
total armonía, la promoción cultural y el desarrollo
de sus aptitudes para diversas manifestaciones artísticas.
Así lo atestiguan los alumnos de
la escuela de instructores de Arte Vladimir Volkov, en la
central provincia de Sancti
Spíritus. Una de las estudiantes es Sandra Rodríguez
Ramos, joven trinitaria de 18 años, vinculada desde
2004 a este programa de la Revolución.
Yemayá también
reina en las aguas espirituanas
¿Cómo llegas al curso
de Instructores de Arte?
“A través de una captación
que se realizó al terminar noveno grado. Tenía
muchas propuestas para continuar mis estudios, pero me interesó
la carrera desde el primer momento”.
¿Tu familia recibió
la noticia sin sobresaltos?
“Para nada. Al principio fue una catástrofe.
Mi mamá tenía el sueño de que fuera “Camilita”
(1), y que sirviera a la Patria desde la vida militar. Incluso
yo había hecho las pruebas de aptitud y las había
aprobado, pero ese no era mi camino”.
¿De qué manera la
convenciste?
“Le expliqué que debía
respetar mi vocación, que en este caso era la danza.
Le hice ver que la carrera me brindaría la oportunidad
de enseñar, de instruir, una tarea también importante”.
¿Qué te atrae más:
desarrollar tu potencial como artista o impartir clases?
“Creo que ambas. Bailar me produce
un placer indescriptible, pero la pedagogía es la más
bella profesión que conozco. Yo principalmente voy
a difundir la cultura, y no en la ciudad, sino en el campo,
bien al interior del país, donde es más necesario.
Esa labor es, a la vez, un reto y una aventura tentadora”.
¿Cuál era tu relación
con el baile antes de ingresar en la escuela?
“Siempre estuve vinculada a la Casa
de Cultura de mi reparto Armando Mestre, en Trinidad.
Por una parte, tenía como inspiración a mi padre.
Él fue bailarín aficionado, aunque no esperaba
que su hija asumiera ese camino profesionalmente. Por tanto,
fue el primero en entenderme y terminó convirtiéndose
en un tutor muy especial”.
Según tus compañeros,
además de bailar incesantemente reservas energías
para desempeñarte en el Secretariado de la FEEM.
¿Cómo te las arreglas?
“Soy muy inquieta y el cargo me facilita
mantenerme en constante movimiento. En primer año fui
secretaria general de mi Comité de Base de la UJC,
y desde segundo me hice cargo de la esfera de Trabajo.
”Ser dirigente no es difícil,
solo hay que entender que unos días son de gloria y
otros no. Ante las dificultades la mejor solución es
saber escuchar y tratar de llegar a un acuerdo entre todos”.
¿Cuáles son las principales
actividades que realizan durante los cuatro años de
carrera?
“Tenemos cada año espectáculos
de contacto entre varias escuelas, donde se dan cita todas
las corrientes del arte desde la plástica hasta la
literatura. Y están las galas de especialidades inter-años,
en las que he bailado muchas veces, tanto danza moderna como
folclórica”.
¿Tu preferida…?
“Sin duda, el folclor. Mi amor por
él comenzó de niña, cuando mis padres
me llevaban al teatro de Sancti Spiritus para ver a exponentes
de esa manifestación. Con el estudio minucioso de su
técnica se consolidó mí vocación
por esa vertiente. Me ha posibilitado interpretar varios personajes,
entre ellos Yemayá, deidad
con la que me identifico plenamente.
“También me seduce el moderno,
pero el folclórico lo llevo en la sangre. Constituye
para mí un absoluto ejercicio de libertad”.
(1) Estudiante de las escuelas militares
“Camilo Cienfuegos”.
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