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Ejemplo de vida
Por Araima
Saco Pérez

Casa natal de Ignacio Agramonte
en Camagüey.
(Tomada de www.images.google.com.cu) |
“El Mayor”, “Idolo
de los camagüeyanos”, “Heroico hijo”,
“Un hombre de hierro”, “Diamante con alma
de beso”, “Mártir de Jimaguayú”,
son apenas algunos de los calificativos que le fueron asignados
a Ignacio Agramonte a través de las páginas
de la historia.
Licenciado en Derecho Civil y Canónico, lo caracterizaban
la honestidad, firmeza e intransigencia revolucionaria. Se
destacó por ser un formidable y prestigioso jefe militar,
magnífico jinete y sobre todo muy organizado y disciplinado,
cualidades que lo hicieron ejemplo ante sus fieles soldados.
Impregnó a las tropas de una excelente preparación
combativa, por lo que se convirtieron en una real amenaza
para las fuerzas enemigas. “Cuba no tiene más
que conquistar su redención arrancándosela a
España por la fuerza de las armas", es una de
las frases de este insigne patriota cubano que evidencia el
carácter patriótico y la entrega incondicional
de “El Insigne paladín” como lo llamara
el periodista Manuel de la Cruz Delgado.
Esa entrega que no le impidió ser
un amantísimo esposo y encontrar tiempo para dedicarle
al amor de su vida, la también camagüeyana Amalia
Simoni.
El Mayor provenía de una familia bien posesionada,
pero la humildad brotaba de su piel e irradiaba al exterior
cual faro guía de los desposeídos. Dedicaba
horas a enseñar a leer y escribir a sus compañeros
de lucha, al tiempo que compartían juntos la poca comida
que podían conseguir.
Indiscutiblemente, fue uno de los líderes más
sobresalientes de todo el proceso revolucionario cubano, y
logró ganarse el respeto y admiración de muchos.
A pesar de su juventud, Agramonte alcanzó
dimensiones insospechadas que lo llevaron a ser ejemplo de
vida para todos los cubanos y ocupar el cargo de mayor general
y jefe del Camagüey,
su tierra natal, conocida hoy como la tierra agramontina.
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