| En
el aire
Por IWC

Ser un artista circense requiere
de habilidad, sacrificio y arte.
(Foto: Elio
Miranda) |
La consabida y archiconocida
frase de “El espectáculo debe continuar”
es generalmente atribuida a un artista de circo. Ese proverbio
encierra en sí mismo la esencia de esta variedad de
las artes. No importa lo que ocurra, un verdadero artista
de circo antepone la carpa y el público a cualquier
eventualidad individual.
Y esta actitud ha dado resultados
pues, ¿quién no recuerda hasta con añoranza
la visita al circo? Payasos, magos, domadores, malabaristas,
trapecistas, gusto para todos, entretenimiento para grandes
y chicos.
Pero ¿qué hay
detrás de cada número? ¿Cuánto
sacrificio? ¿Cuántas horas de prácticas?
¿Cuántos accidentes? Por eso nos fuimos allí
donde se genera todo. Nos adentramos en la Escuela Nacional
de Circo, la primera de su tipo fundada en Latinoamérica.
Treinta años de duro bregar. Treinta años de
formación, perfección, enseñanza. Ocho
horas diarias de entrenamiento.
Un paso es ejecutado una y otra vez hasta
conseguir su dominio pero, cada acrobacia, cada equilibrio,
exige la completa atención de su ejecutante, la completa
atención del profesor. Y allí están los
golpes, las caídas, el miedo, el miedo que hay que
vencer enfrentándolo, no hay otra manera de conseguirlo.
No hay otra forma tampoco para la contorsionista
que día a día extiende sus articulaciones al
máximo (casi hasta lo inimaginable); o para el mago
perfeccionando su ilusión; o el payaso, su gracia;
o la equilibrista su malabar.
Es la única manera de conseguir que
cada vez que llegue o vayamos al circo nos sorprendamos con
cada acto, que nos emocionemos o riamos de buena gana, que
les brindemos nuestro aplauso a ellos, que dedican tanto tiempo
y esfuerzo diario para deleitarnos en cada función.
Por ellos van estás imágenes.
Por esos que hacen posible que, a través de tantos
años, el espectáculo continúe sin interrupción.
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