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Heath Ledger

Otra estrella fugaz

Por Pavel López

Su carisma y su talento no le garantizaron una existencia feliz. El 22 de enero de este año, el actor australiano Heath Ledger se convertía en una víctima más de la irracional industria del entretenimiento.

El actor australiano Heath Ledger.
El joven actor australiano se unió a Marilyn Monroe, River Phoenix y otras figuras en la lista de víctimas del star system.
(Fotos: Archivo)

Su relevante desempeño en “Brokeback mountain” (2005) constituyó una verdadera sorpresa.

La participación sistemática de Heath Ledger en múltiples filmes para rellenar lunetas, donde se explotó su apostura física más que sus dotes histriónicas, hizo vaticinar a muchos la transformación del joven en otro galán de cartón, un nuevo representante del insustancial mundo del espectáculo.

Pocos habían tomado el pulso al intérprete australiano en películas menos comerciales de la talla de “Monster´s ball” (2001), donde paseó sus impecables reflejos como actor ante los ojos atentos. Sin embargo, con “Brokeback...” la crítica y el público se rindieron a sus pies.

Ledger, sencillamente, desapareció bajo la piel de Ennis del Mar, aquel cowboy homosexual atormentado por su secreta pasión en un contexto rural altamente intolerante y conservador. A base de gruñidos, miradas laterales y silencios sostenidos, Ledger logró expresar la descomunal humanidad del personaje, lo cual le valió el reconocimiento más importante de su carrera.

En la edición de los premios Oscar en la cual estuvo nominado por ese papel, nadie dudaba de su futura consagración como un talento cinematográfico genuino.

La fortuna prometía sonreírle por siempre. No obstante, el pasado enero una noticia conmocionó a la meca del cine. La muerte de Ledger por una sobredosis accidental de fármacos, demostró una vez más que el mito de la fama y el éxito puede desmoronarse ante nuestros ojos como un gigantesco castillo de naipes.

Nada nuevo bajo el sol
Desde el pasado siglo, Hollywood se viene entrenando en el perverso oficio de triturar artistas. Cada vez que detecta un genio creativo, sin importar edad ni procedencia geográfica, acomete su reclutamiento y explotación hasta límites inconcebibles.

Trabajar en la factoría de sueños deviene casi siempre para realizadores, guionistas o intérpretes extranjeros, una fuente de incontables oportunidades e irremediables penurias.

Entre las primeras consecuencias de este juego, aparece el sacrificio del talento en favor de una concepción puramente industrial del séptimo arte.

La irregular carrera en Estados Unidos de los directores Andrei Konchalovsky (Rusia) y Wolfgang Petersen (Alemania), o los actores españoles Penélope Cruz y Antonio Banderas, prueban fehacientemente los peligros de este “pacto con el diablo”.

Mantenerse íntegros en un entorno tan competitivo, representa para la gran mayoría una tarea titánica. El llamado star system aparece como una pieza más de esa sofisticada maquinaria, cuya única meta parece ser la incesante reproducción del dinero.

Los medios de comunicación y la publicidad invierten cada año cuantiosos recursos en convertir a los actores en auténticos dioses, fetiches petrificados que una vez incluidos en alguna producción, garantizan instantáneamente su éxito de taquilla.

Para reforzar el aura mítica del histrión, suele divulgarse cualquier información: sus potencialidades artísticas, su privilegiado estatus económico, o la más obscena chismografía sobre su vida íntima.

La efectividad de este recurso, tan antiguo como los propios orígenes de la imagen en movimiento, es un hecho difícilmente rebatible en el nuevo milenio.

Mas, no solo el público es víctima de esta bien estudiada trampa. Según nos advierte Georges Sadoul en su imprescindible libro “Las maravillas del cine”:

“Al sentir decrecer su popularidad, las estrellas amenazadas quieren guardar su tren de vida (...) Autos y residencias son indispensables en Hollywood para mantener buenos contratos. Y si la mala suerte prosigue, las ex-estrellas se encuentran arruinadas o reducidas a mendigar limosna (...) muchas zozobran al alcoholismo o los estupefacientes”.(1)

Obviamente, la gloria y la suerte de los ídolos son bien relativas. Como reza un viejo refrán: Los hombres que fácilmente se agigantan ante nosotros, no son más importantes que las plumas y el polvo que suele elevar el viento.

El espectáculo debe continuar
Retornando a la víctima del momento, es curioso cómo las informaciones corroboran nuestras hipótesis.

Por estos días el periódico londinense Daily Telegraph daba a conocer la noticia de que Ledger, al morir, legaba a sus familiares la irrisoria suma de 145 mil dólares, la mayor parte de ellos en enseres domésticos, una cifra ciertamente menor si tenemos en cuenta los millonarios contratos de un actor en Norteamérica.

El mito de su fortuna fue el primero en rodar por el suelo. Casi al unísono salieron a la luz los dictámenes de médicos forenses y abogados, quienes desmintieron las especulaciones sobre un posible suicidio o asesinato, alegando como principal causa de su muerte un consumo elevado de medicamentos prescriptos. Con estos “reveladores” datos, Hollywood se lavaba las manos.

No obstante, Michelle Williams, pareja sentimental de Ledger y madre de su única hija, comentó a la prensa que en el momento del accidente varios amigos trataban de ingresarlo en una clínica de rehabilitación, dada su preocupante debilidad por ciertas drogas.

El propio Ledger, refiriéndose a uno de sus últimos rodajes, exponía los efectos nocivos de la filmación en su salud, aquejada por el excesivo insomnio y el permanente agotamiento, solo remediables con toneladas de pastillas.

La industria demostraba otra vez su siniestra efectividad a la hora de sacar el máximo provecho a un actor, cual si fuera un caballo de carreras.

No obstante, Hollywood se las ha agenciado para cerrar con broche de oro esta macabra historia.

The Angeles Times anunciaba, justo cuando se escribía este comentario, la posible nominación de Ledger para los premios Oscar de 2009 por su trabajo en la cinta “Batman Dark Knight”, quinta entrega de la serie, en la cual el joven talento interpretó el personaje del Joker.

Según la fuente, en el filme de Christopher Nolan Ledger dispensa una actuación sin precedentes, que puede reconocerse de manera póstuma por los miembros de la Academia, en una ceremonia donde aflorarán, de seguro, ríos de lágrimas. Por lo visto, hasta el deceso del artista servirá a la Meca del Cine para mantener la leyenda sobre su excepcionalidad.

El mito del éxito y la gloria se perpetuará de todas maneras. Tal y como vaticinó el “maldito”» de Freddy Mercury antes de despedirse: “The show must go on”. (El espectáculo debe continuar”).


Notas
(1) Sadoul, Georges. “Las maravillas del cine”. Fondo de Cultura Económica, México, 1960.

 

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