Alguien te necesita en este preciso instante; tú sabrás
si miras a tu alrededor. No hay pasión, pureza y clara inteligencia
condenadas a la soledad; tanta falta haces para esfumar los nubarrones
de invierno universal que no tienes derecho a reservar solo para
ti el infinito abrazo de tu obra. Salir a ofrecerla, en constante
crecimiento espiritual, es un deber que tienes con quienes te rodean.
Quizás no tengas identificado con precisión a ese
ser, o seres, que darían toda su vida por tu aliento seductor,
tu mirada piadosa, tu palabra cálida, tierna y elevada. No
puedo saberlo. En último caso, si sucediera que buscas y
buscas sin encontrar dónde posar tan nobles energías,
piensa que solo existo por ellas; soñando —con un salto
en el tiempo desde el que escribo—, rozar este en el que me
alimenta la brisa perfumada de tu piel, la hondura con que tus ojos
descifran estos torpes mensajes, es mi vocación. Claro que
siempre serás mi imposible, pero no dudes que me debo a ti,
que en cualquier recodo de los tiempos estará, sin falta,
colgado de tu sueño…
La existencia es la oportunidad
constante de descubrir; esto solo lo sabe quien se da, quien esgrime
la pasión como lumbre en medio de las tinieblas que invaden
los senderos universales. Habitamos una prehistoria donde guerras
y filosofías egoístas, pretenden que te dediques a
ignorar a los demás; te invitan a que te empeñes en
amasar fortunas, con la carnada de estar a la moda: tener, tener
y tener es el lema que enceguece a muchos.
En su largo estudio de la sociedad norteamericana, José Martí
apuntó: …estas mujeres, demasiado ricamente vestidas
para ser felices; estos hombres, demasiado entregados a los asuntos
del bolsillo, con notable dejación de los asuntos espirituales…
veía cómo lo secundario pasaba a protagonizar las
vidas de las personas, cómo las apariencias sustituían
el centro de la existencia, lo realmente esencial para la felicidad:
cultivar el espíritu, tejer lazos de sencillez y ternura,
de profundidad en el conocimiento que permitan moldear una personalidad
para crecer interactuando con las demás, sobre la base de
la entrega y no de la rivalidad.
No te quedes inmóvil al borde del camino, no quieras con
desgano, nos aconseja Mario Benedetti desde sus versos. Hay quien,
quizás por ignorancia, se encierra en sí mismo, se
dedica entero a buscar elementales beneficios materiales, y solo
echa sombras a su alrededor. No se da cuenta, pero está sentado
inmóvil en el transcurso de los días. Así,
de pronto, llega al final de la existencia inútil, empobrecida.
Alguien dijo que quien vive para sí, vive para el más
mezquino de los mortales.
La vida abre infinitos senderos que uno toma o desecha acorde con
sus credos; de ahí que insista en cultivar el espíritu,
en el conocimiento salvador. Solo arribando a una manera de ver
la vida en que se siente como necesidad el entregarse a los otros,
se consigue la dicha verdadera.
Es una máxima lejana que conlleva apartar muchos demonios
que nos rondan; lo más común y fácil es vivir
para sí; lo cual siempre acaba en frustración. José
Martí dejó escrito que el egoísmo desgasta
y para en limosnero: la piedad es rica, y cría.
Quien llega a conocer el placer de dar y darse, arriba a un estado
del alma superior, a una manera de vivir que provee al ser de incontables
alegrías cotidianas. Quien piensa solo en sí, no mira
a su alrededor, vive en la desconfianza; creyendo que los demás
—igualmente egoístas— están pensando en
quitarle lo que tiene. En lugar de amigos, busca socios, sobre los
cuales incrementar ganancias. Esos socios, a su vez, buscan en él
lo mismo; por lo que al llegar la desgracia o pobreza, quedan abandonados.
Las relaciones que se levantan sobre el interés, padecen
de hipocresía y van a parar al odio o al olvido. Siempre
vive solo, cada vez más solo quien se dedica a sí
mismo. Quien piensa en los demás, extiende su vista hacia
el acontecer; todo lo ajeno se hace suyo, despierta su interés;
tiene, por tanto, muchísimas fuentes de conocimiento.
Es cierto que hay quienes se aprovechan de las almas nobles, pero
los ladrones de bondad terminan desangrados por la herida que le
causan a su espíritu en cada robo. El placer de entregarse
a los otros, a la vida, es el secreto de la felicidad; no son muchos
los que lo llegan a practicar, de ahí que el mundo esté
todavía en estado tan primario.
La sabiduría popular tiene asentado que quien siembra vientos
recoge tempestades. Quien vive de apariencias sólo en apariencias
será feliz. Igualmente una canción de Silvio dice:
Quien lleva amor, asume sus dolores, y no lo para el sol ni su reverso.
Amar es entregarse, expulsar los egoísmos; en el desprendimiento,
en querer darse a los demás, en esa dicha excelsa que solo
conoce la entrega total hacia un conocimiento, una idea, un sujeto,
se encuentra la reciprocidad. Solo quien hurga en los demás,
creciendo de esa experiencia, está en el camino cierto hacia
la dicha.
Cuando no me alcanzan las palabras o una idea me queda distante
suelo acudir a Martí; con él te dejo el mejor camino
por el que transitar hacia la felicidad, el del amor —que
no se detiene en apariencias: La capacidad de amar es el verdadero
pergamino de nobleza de los hombres. Rey es el que ama mucho: solo
los que aman bien, —duques, marqueses, condes— y los
que no aman, gente de horca y pechos fuera de toda lista de nobleza.