¿Dónde
está El Pequeño Príncipe?
Por:
Idania Machado
«Miren
atentamente este paisaje, a fin de estar seguros de reconocerlo
si viajan un día por África, por el desierto. Y
si aciertan a pasar por allí, les suplico que no se apresuren,
que esperen un momento exactamente debajo de la estrella. Si entonces
un niño llega hasta ustedes, si ríe, si tiene cabellos
de oro, si no responde cuando se le interroga, adivinarán
quien es. ¡Sean amables entonces! No me dejen así,
escríbanme, díganme que El Pequeño Príncipe
ha vuelto.»
Señor
de Saint-Exupéry, o mejor, querido Antoine, porque te quiero
tanto como a un amigo:
He sentido el placer de estar en un avión entre las nubes.
Algo inexplicable que nos compensa la limitación humana
de no tener alas. Imagino que a ti, que dedicaste muchísimas
horas de tus 44 años de vida a volar, te pasó lo
mismo. Lástima que ese amor te llevó a la muerte.
Como dijo Silvio Rodríguez, el cantor y poeta cubano, «lo
más terrible se aprende enseguida y lo hermoso nos cuesta
la vida». Tal vez esta pasión haya influido para
que tu prosa sea tan bella. Así, como tan sublime es la
de tu obra más conocida: El Pequeño Príncipe.
Hasta pudiera pensarse que te la dictaron los ángeles,
esos en los que también cree Silvio.
Te escribo porque así lo pediste al final de este libro
maravilloso que nos dejaste para aliviar la tristeza de haberte
perdido tan joven. Pero no tengo buenas noticias. Nadie ha vuelto
a ver a El Pequeño Príncipe en África. No
porque no abunden allí los niños rubios. Es porque
los millones de pequeños que viven en ese lugar, de piel
y cabellos como la noche, no ríen y es posible que cuando
miran al cielo ni saben qué es una estrella. Tan mal anda
el mundo en estos tiempos que si seguimos así, las hierbas
se comerán los baobabs y las rosas serán cosas del
pasado. Muchos hombres han olvidado, como temías, que fueron
niños. Por eso reparten muerte cuando debieran distribuir
alegría. Sobre todo en África, donde viviste esa
etapa «increíble». Y no me entiendas mal. Yo
te creo como todos a los que nos fascina tu libro.
Puedes imaginar de lo que hablo. Estuviste en la primera y segunda
guerras mundiales. Pero Antoine, ahora hay un odio peor que no
se corresponde con la madurez que debería tener la humanidad.
Decirte esto me causa dolor, porque qué mejor homenaje
para ti, a 104 años de tu natalicio, que El Pequeño
Príncipe fuera un texto de referencia ya aprendido por
los hombres. Pero no, los hombres todavía no aprendieron
a amar del todo.
Al menos quiero alegrarte con la información de que tu
libro se sigue leyendo por millones de personas y de seguro algo
noble les despierta.
Bueno, amigo querido. Ojalá cuando vuelva a escribirte
te pueda dar a conocer noticias más felices si para entonces,
como dijo otro tipo genial como tú que se llamó
John Lennon: «si después de la guerra existe amor».
Formal, como las personas
mayores
Muchachos, tal vez piensen que estoy loca, pero lo que leyeron
arriba es algo muy serio que quise compartir con ustedes. Confío
en que los que leen esta sección, como amantes de la literatura,
entiendan estas cosas. El tema de hoy me lo pidió la amiga
a quien agradezco haberme invitado a escribir en esta revista.
Ella es muy sabia (y modesta también, por lo que le pido
que no quite esta oración). Me dijo: «escribe sobre
El Pequeño Príncipe que nunca está de más
recomendarlo a los jóvenes». Tuve mis dudas porque
se ha escrito tanto de él que no quería decir lo
mismo. Sin embargo, me puse a pensar que se sabe poco de la vida
de su autor. Y para hacerlo, nada mejor que empezar por escribirle
mi carta, ya que él mismo pidió que lo hicieran.
Antoine
Jean Baptiste Marie Roger de Saint-Exupéry nació
el 29 de junio de 1900 en Lyon, Francia. Según sus biógrafos
tuvo una infancia feliz y desde su adolescencia se aficionó
por los aviones. Cuentan que se iba a un aeródromo a aprender
de mecánica y sobre el manejo de los aeroplanos. En la
escuela no fue un alumno fuera de lo común en el sentido
convencional, más bien era tan soñador que los maestros
se quejaban de su falta de disciplina. También mostraba
pasión por la poesía. De esa temprana época
es su estreno entre las nubes y desde entonces ya no dejaría
de visitarlas. Junto con ello, escribía y ganó varios
concursos de narrativa.
A los 21 años ingresó en el servicio militar como
parte del Segundo Regimiento de Aviación de Caza. Por primera
vez vuela en solitario. En este periodo suceden cosas importantes
en su vida. Está a punto de casarse y, además, sufre
el primero de algunos accidentes que enfrentó. También
toma una decisión difícil: por un tiempo abandona
la aviación ante la oposición de su prometida y
trabaja como oficinista. La novia, no obstante, rompe su compromiso
matrimonial tiempo más tarde.
Al terminar su servicio militar sigue lejos de la aviación.
Trabaja como agente comercial pero de vez en cuando, el fantasma
de «sus alas rotas» lo impulsa a volar con sus ahorros.
Es en 1926 que publica por primera vez. El tema no podía
ser otro que su gran amor. El texto se llamó El aviador.
Pero no se dedica a la literatura por entero. Ingresa en una compañía
de correo aéreo. América queda bajo sus aparatos
y de ella recoge experiencias. Correo del sur es muestra de esa
etapa.
A
los 30 años, De Saint-Exupéry es investido como
Caballero de la Legión de Honor francesa por sus servicios
en la aeronáutica civil.
Casado con Consuelo Suncin sigue en sus dos tareas y gana otro
premio literario. Esta vez por Vuelo nocturno. Por cierto, está
publicado en nuestro país y te lo recomiendo.
Durante la Guerra civil española oficia de periodista y
por sus méritos militares lo elevan a Oficial de la Legión
de Honor. La azarosa vida de Antoine se ve afectada por las secuelas
de accidentes sufridos, tanto que para la Segunda Guerra Mundial
lo declaran no apto para volar. Pero nuestro hombre no podía
con eso y sigue en el aire. Escribe su libro Tierra de hombres
que merece el Gran Premio de la Academia Francesa y el National
Book Award en los Estados Unidos.
Llega el caballerito
En 1943, durante la Segunda Guerra Mundial, ve la luz El Pequeño
Príncipe. Esta obra, según encuestas, es el tercer
libro más vendido en el mundo y recientemente lo incluyeron
entre los 10 mejores del siglo XX. En sus poquitas páginas
está recogida una gran sabiduría y lo más
grandioso es la aparente sencillez de su forma. He ahí
su genialidad. Se puede leer a cualquier edad, pero no es un libro
infantil. La profundidad de sus reflexiones se comprende mejor
a partir de la adolescencia. Además, es de esos libros
que parece seguirse escribiendo cuando están cerrados.
Al releerlo siempre encontramos algo nuevo.
De Saint-Exupéry fue un hombre especial. Quizá es
El Pequeño Príncipe disfrazado de escritor que vino
a alertarnos sobre eso de mirar con el corazón, que tanto
falta en este planeta.
Su muerte, el 31 de julio de 1943, fue tan misteriosa como la
de su personaje legendario. Salió en misión de reconocimiento
y desapareció. Se especuló con un accidente, un
derribo del enemigo e incluso el suicidio. Esto último
se debe a que por su edad y los accidentes no estaba en condiciones
para volar y su inconformidad por ello era manifiesta.
Hasta hoy no se ha encontrado nada de su avión. Algunas
veces se ha dado la noticia de que su aparato fue hallado, de
que un pescador encontró una manilla con su nombre... Pero
al final, qué importancia tienen sus restos, si lo esencial
de su corazón lo dejó en palabras, como el mismo
nos enseñó.
Este escritor piloto, o piloto escritor, fue un hombre de paz,
que trocó todo el horror que vivió en la guerra
en un constante amor. ¿Será que es uno de los ángeles
de los que habla Silvio en su canción? Si somos un tilín
mejores, es posible que vuelva El Pequeño Príncipe.
¿Empezamos?
¿Quién
fue León Werth?
El pequeño Príncipe está dedicado a León
Werth. Este fue un novelista, ensayista y crítico de arte
francés. Saint-Exupéry y Werth se conocieron en
1931, desde entonces fueron grandes amigos, aunque dicen que no
tenían mucho en común y Werth era 20 años
mayor. Cuando en la dedicatoria dice: «esta persona mayor
vive en Francia donde padece hambre y frío», se refiere
a que Werth pasaba las penurias de la Segunda Guerra Mundial.
Al finalizar la contienda bélica, ya muerto Saint-Exupéry,
Werth expresó: «La paz, sin Antoine no está
completa».