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Los secretos del cuerpo
Por: Roxana Rodríguez

Vivimos en un mundo de imágenes. Representaciones que compiten por atraer nuestra mirada e intentar ser un espejo de lo que deberíamos ser o a lo que deberíamos aspirar. Nuestros ojos no se cansan de contemplar torsos hermosos, de grácil frescura juvenil y singulares que, afortunada o desafortunadamente, nos llegan por los más disímiles medios. Cada vez más nuestra existencia se reduce en glorificar la belleza corporal y nos cuestionamos si somos o no atractivos.

Para nadie es un secreto que el criterio de belleza física ha ido variando de acuerdo con las épocas y las culturas. Fijémonos en las Venus de Paleolítico o en los desnudos de Rubens, Renoir y hasta el mismísimo Goya. En ellos prevalece el concepto de lo atractivo que también es común al resto de los seres humanos.

Cada minuto de nuestras vidas juzgamos la belleza física por cánones de los que ni siquiera somos conscientes. Vivimos al acecho de pequeñísimas variaciones en las proporciones y la simetría.

La investigación moderna ha revelado que son más atractivos aquellos individuos cuya simetría bilateral -igualdad entre los lados izquierdo y derecho- es más exacta. Este criterio tiene sus bases en que bajo condiciones normales e ideales de crecimiento los órganos y miembros pares del cuerpo deben ser idénticos, pero si por alguna razón ocurren infecciones, enfermedades o ciertos trastornos, el desarrollo armónico del organismo suele alterarse y por tanto, los menos resistentes serán más asimétricos.

¿Simetría vs. sexualidad?
Existe una sorprendente relación entre simetría corporal y conducta sexual. Algunos estudios han confirmado que los más simétricos iniciaron sus relaciones sexuales antes que aquellos cuya simetría no fue tan perfecta. Además los mejor proporcionados desde el punto de vista corporal, no solo tienen un rostro atractivo, sino que tienden a ser más vigorosos, atléticos y de personalidad más dominante.

Por diversas razones biológicas ambos sexos decodifican en los rasgos corporales de su opuesto varios factores de excitación atrayentes para el otro, incluso mucho antes de saber quién realmente es.

Tanto para el hombre como para la mujer es primordial un cuerpo atlético, aunque son los caballeros los más atentos a este no tan sutil detalle. Un cuerpo fuerte y firme es sinónimo de buena salud y para los hombres es un indicativo de la capacidad de las féminas para criar exitosamente a la prole. En cambio, en las mujeres, desde la antigüedad, continúan funcionando en su cerebro múltiples señales relacionadas con la ancestral aptitud del varón para buscar el sustento de la familia y defenderla de los intrusos.

Lo real de la belleza ideal
Predomina un consenso cada vez más generalizado de que el patrón de mujer ideal es aquella de frente amplia, labios carnosos, mandíbula pequeña y mentón estrecho. Mientras el hombre modelo es el de mandíbula grande, mentón ancho y entrecejo marcado.

La preferencia masculina por mujeres con mandíbulas pequeñas y labios carnosos obedece a que de alguna manera identifican la abundancia de estrógenos, equivalentes a la capacidad para fecundar.

"Los zoólogos creen que los labios de la mujer evolucionaron a modo de reflejo de sus genitales, ya que poseen el mismo tamaño y el mismo grosor y, en estado de excitación sexual, ambos se expanden debido al aumento del flujo de sangre que llega a ellos. Es lo que se conoce como eco genital, una reacción que transmite una señal muy potente a los machos observadores", reflexionan Barbara y Allan Pease en su libro ¿Por qué los hombres mienten y las mujeres lloran?

Quizá por este motivo e instintivamente, las egipcias emplearan maquillaje labial y la mítica Cleopatra lo usara en más de una conquista, siempre en una única tonalidad: el rojo.

Las prominentes mandíbulas de los hombres tan llamativas para las damas son signos de ese raudal de testosterona que convierte en erótico al más simple de los caballeros.

En varias culturas el cuello es un símbolo de belleza. Por eso las mujeres de las tribus ndebele, zulú, xhosa y masai, en el este y sur africanos, desde muy jóvenes comienzan a colocarse anillos de plata en esta parte del cuerpo que irán ajustando a lo largo de su vida hasta llegar a la edad adulta. Estos aros se lo alargan escandalosamente y desde nuestras pautas de belleza, heredadas de la cultura occidental, no hacemos más que calificar a estas singulares "mujeres jirafas" de disformes y extravagantes. Aunque para nosotros un cuello afilado y esbelto, adornado con bisutería de moda, no deja de ser símbolo de lozana femeneidad.

Otro indicador de la sensualidad femenil lo fue, durante siglos, el largo de los lóbulos de las orejas que en la actualidad aún exhiben las habitantes de algunas regiones de África, Borneo y las tribus de Kelabit y Kenia. Tal vez por esto la mujer moderna intenta obtener un impacto parecido usando aretes alargados para múltiples actividades y sobre todo, si su interés esencial es seducir.

El hecho de que casi todas las Barbies tengan el cabello largo no es una coincidencia. El asunto es simple: la melena larga ha sido, desde antaño, la imagen de lo femenino. En tanto, el pelo corto identifica a aquellas más prácticas. Sea cual fuere el móvil, de siempre una cabellera larga y resplandeciente ha hecho referencia a un cuerpo saludable, bien alimentado. Evidencia los hábitos higiénico-sanitarios de su propietaria y cuán apta está para traer al mundo hijos igualmente saludables.

Un hombre con la cabeza cubierta de pelo alude a su fuerza bruta, su poder de "macho"; recordemos lo que le sucedió a Sansón "melena" cuando le cortaron el cabello. No obstante, es curioso que la mitad de las mujeres prefiera a los individuos con todo el pelo y la otra, a los calvos o rapados. ¿Por qué? Quienes padecen de calvicie producen muchas más hormonas masculinas que los demás, por tanto, los calvos al generar más testosterona, exteriorizan mayor poder y sexualidad.

Un experimento realizado por Barbara y Allan Pease puso al descubierto que "cuanto más calvo era el hombre, más poder y éxito tenía y menor sería la resistencia cuando impusiera su autoridad. Por otro lado, los hombres con la cabeza completamente cubierta de pelo fueron considerados con menos poder y peor remunerados".

Indiscutiblemente, la belleza -física y sexual- de las mujeres es más compleja y sofisticada; la de los hombres, más directa y elemental. A ellas les agradan los atractivos, pero a veces su posición social y su aspecto físico no son los puntos más importantes del asunto. Ellos son más visuales, están más atentos a una cara simétrica -bella- porque disfrutan mirándola.

Pongamos los puntos sobre las "íes"
La hipervaloración de la imagen corporal nos está conduciendo por derroteros nunca antes explorados, más allá del mero lucimiento del cuerpo se extiende con frívola avidez en pos de una veneración injustificada hacia beldades "casi perfectas".

Un cuerpo hermoso es nuestra mejor "carta de presentación", pero debe quedarnos muy claro que la belleza más auténtica no se ciñe a un conjunto de rasgos simétricos o a un grupo de elementos corporales que nos hacen apetecibles al sexo opuesto. La cuestión está en entender cuán genuina es nuestra personalidad, porque no se ama a un cuerpo, sino a quien consigo lo lleva. No cautivan unos ojos, por muy perfectos que sean, sino la mirada, aquella capaz de entrelucir todo lo divino del mundo interior.

Los griegos apreciaron con devoción lo bello en todas sus facetas y manifestaciones. El sentido de la estética helénica fue, indudablemente, desbordante, pero aún no hemos tenido noticias de que solo rindieran culto a las formas. Ellos percibieron con extraordinaria habilidad la secreta conexión entre el contenido y la forma, entre la armonía del espíritu y el cuerpo.

La belleza en sí es netamente subjetiva. No está en las cosas, sino en cada uno de nosotros, en cómo sentimos, pensamos, amamos. En todas las épocas han coexistido diversidad de modelos en el sentido de lo bello, porque como seres humanos no hemos logrado comprender el mundo de otra forma. Afortunadamente no hemos aprendido a vivir sin la belleza, y enhorabuena ¿no les parece?

Fuentes
1. Barbara y Allan Pease. “Por qué los hombres mienten y las mujeres lloran”. Editorial Amat, 2002.
2. Geoffrey Cowley. ¿Qué nos hace atractivos?. Selecciones Reader´s Digest, febrero 1997.
3. Marta Almeida y Laura Vanesa Vázquez. La imposibilidad de la belleza: Reflexiones sobre la lógica de la distinción en la posmodernidad. http://www.ualberta.ca/COMSPACE/coneng/html/papers/Almeida2Esp.pdf
4. “Odio mi cuerpo”. Disponible en: http://www.adolescentesxlavida.com.ar/odio.htm
5. Estebán de Artega. “La belleza ideal”. Espasa – Calpe. Madrid.
6. Susana Reisz. Imágenes que matan: de la fuente de Narciso al espejo de la mujer-maravilla. http://www.lehman.cuny.edu/ciberletras/Reisz.html
7. Hegel, George Wilhem Friedrich. “De lo bello y sus formas”.
8. Conceptos filósifico literarios de la personalidad en el contorno corporal. http://www.gordos.com

 

Somos Jóvenes No. 4, 1 de junio de 2004. (Nueva época)
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