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Polo Montañez: el sol sigue alumbrando

Por Mario Vizcaíno

Polo Montañez.
Un guajiro natural al que el éxito y la fama no le hicieron perder su esencia.
(Foto: Miguel Noa)

Una vez más, un ídolo muere sin aviso, y una vez más, la gente demuestra que no está preparada para aceptarlo. La muerte inesperada de Polo Montañez, el cantante más popular de la Isla, ha dejado a los cubanos sin aliento.

Con el sacrificio de su propia existencia, Montañez certificó, irónicamente, la validez de una máxima suya que aparece en una de sus piezas más populares: la vida es una ruleta, y hay que seguir jugando.

Además de componer y cantar canciones inspiradas en el amor y los conflictos de la vida, Montañez lo hacía con naturalidad y ternura. Era el mismo campesino silvestre si almorzaba en familia o si grababa en un estudio ante un montón de desconocidos. Así se comportó durante los tres años que duró su vertiginosa fama, y eso, en la sicología de las multitudes, es una cualidad bendita.

A los 44 años, la vida le dio a Fernando Borrego –su verdadero nombre– la oportunidad de conocer la fama, tener dinero y viajar por el mundo, pero se la quitó justamente tres años después. En ese tiempo, vivía satisfecho de haber renunciado para siempre a manejar un tractor, uno de los oficios que lo marcaron, aunque se jactaba de ser un campesino triunfador.

Residente en Pinar del Río, 146 kilómetros al este de La Habana, alcanzó la cúspide de los aplausos con rapidez asombrosa. Triunfó primero en Colombia, donde conquistó disco de oro y platino, y poco después en Cuba, donde llegó a ser el intérprete más escuchado. Nunca visitó una academia, no aprendió a escribir música, lo cual lo diferenció de la mayoría de sus colegas en Cuba, pero era como un rey en el trono.

Desde que llegó al hospital casi muerto, el pasado día 20, tras un accidente en su auto, hasta que descansó definitivamente, hace dos días, los cubanos estuvimos celosamente pendientes de su salud, siguiendo por televisión los breves partes médicos y las notas de prensa en los periódicos. Tal vez todo se debió a una actitud de cariño alentada por la leyenda, según la cual Polo era un hombre generoso, noble, dadivoso. La verdad es que tenía un carisma aplastante y un sentido del humor que funcionaba en cualquier circunstancia.

Pero lo más importante es que Polo Montañez, autor de dos discos, no era un sonero, ni un bolerista, ni una estrella de salsa: era una suerte de poeta de la montaña, un poeta escapado de sí mismo, según otros.

Una vez, mientras viajaba por el Distrito Federal de México, alguien del grupo miró al fondo del ómnibus y vio al artista concentrado, con gestos desesperados, alzando las manos: estaba componiendo una canción como únicamente sabía: sin anotar, guardando letra y música en la memoria hasta poder grabar o montar. Dirigía a los músicos del conjunto, y en el estudio era quien descubría al vuelo si alguien desafinaba. Se enfadaba y peleaba, aunque retornaba en un momento a su afable estado natural.

En los tres años que duró la euforia de su presencia, Montañez apenas se preocupó de sus modales campesinos. Comía sin respetar leyes de conducta en la mesa, entraba al estudio con la camisa estrujada, recién salida de un bolso de viaje, no le importaba el largo de su jean. Con esa forma natural y desenfadada de comportarse en público, conquistó literalmente a los cubanos, que incluso celebraran cualquier dislate del cantautor durante una entrevista y posiblemente disfrutaban su rápido lenguaje de palabras cortadas y mal pronunciadas.

Tras una semana de espera ansiosa, con la esperanza, quizás ilógica e irracional, que nos devolvería al ídolo, su féretro fue acompañado por una multitud callada y triste en el pueblo donde nació. La televisión nos ha regalado en las últimas horas su imagen en entrevistas y conciertos, y hemos sentido una mezcla extraña de desasosiego y placer al ver a Polo Montañez bailando con los pasillos de quien nunca aprendió a bailar, pero feliz de su música y seguro de estar conquistando el mundo.

(Tomado de www.lajiribilla.cu)



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