| Amar
sin violencia
Por Yarelis Rico
Aunque las conductas agresivas en torno a lo sexual
aún son rechazadas por nuestros jóvenes, la
mayoría coincide en que se practica a menudo la violencia,
sobre todo psicológica.

Las relaciones interpersonales deterioradas
impiden una comunicación sana.
(Foto: Archivo) |
Pese a la violencia que vive hoy el mundo,
el núcleo más pequeño de la sociedad,
la familia, debe continuar abogando por relaciones interpersonales
cada vez más sanas, mediadas por una comunicación
armónica y sin barrera de ningún tipo. La sexualidad,
como dimensión humana que abarca todo nuestro ser,
precisa también de un equilibrio que aleje la relación
de pareja de aquellos conflictos o conductas permanentes de
violencia que puedan convertirse en un estilo de vida.
De ahí que la existencia
de un hogar sano propicie a su vez seguridad, felicidad y
calidad de vida para todos sus miembros, en especial para
los hijos, quienes por lo general, imitan o reflejan las actitudes
de los padres.
La manifestación más evidente
de violencia sexual en nuestros días apunta hacia el
maltrato físico y psicológico del hombre a la
mujer, incluso en parejas muy jóvenes que apenas rebasan
la adolescencia. En estos momentos, según advierten
los especialistas, se ha convertido en un factor negativo
que va adquiriendo fuerza creciente en muchas naciones del
mundo.
Aun cuando un sondeo de opinión realizado
a algunos estudiantes de preuniversitario en la provincia
de La Habana, arrojó criterios opuestos por completo
a la práctica de la violencia física, la mayoría
reconoce haber adoptado actitudes agresivas psicológicamente
con su media naranja, como clara expresión de una relación
de poder.
Fabián, por ejemplo, jamás
golpearía a su novia, pero ella debe complacerle en
cuanto a la forma de vestir. No debe llevar la saya muy corta
y tampoco aclararse el cabello, pues las rubias tienen fama
de ser mujeres fáciles.
Adrián considera que el hombre debe
llevar la voz cantante en la pareja A la muchacha complacerla
de vez en cuando, sin dejar que eleve demasiado su yo.
Las jóvenes, por su parte, coinciden
en que tanto el hombre como la mujer deben estar en igualdad
de condiciones; sin embargo, la realidad no es tan así:
Evelín no admite imposiciones; estas,
lejos de intimidarla, se convierten en desafíos. Se
establece entonces una competencia, gana quien grite más
y no quien realmente lleve la razón.
Giselle dice vivir el mejor momento de su
vida; tiene un novio bastante mayor que ella que la respeta
y la considera mucho. Solo que ella he tenido que adaptarse
a los amigos de él, porque los adolescentes le resultan
demasiado bulleros.
La costumbre hace
al monje
Ya sea por cultura, idiosincrasia, costumbre o hasta
por desconocimiento, las mujeres, históricamente, han
vivido en mayor o menor intensidad formas de violencia. Ejemplos
sobran: cuando no se les reconoce su talento cuando su opinión
no es importante y las hacen callar; cuando por mensajes publicitarios
reducen su imagen y las tratan como objeto sexual, o cuando
se les hace dependientes de los pedidos, o mejor, a los antojos
masculinos.
Si bien el abuso físico es la expresión
más evidente de violencia existen otras formas como
el abuso emocional o psicológico y el sexual, que tienden
a repetirse cual círculo vicioso, llegando, incluso,
a implantarse como régimen de vida cotidiano en una
relación de pareja.
Justo en la adolescencia es bastante frecuente
el abuso psicológico del muchacho a la muchacha. No
por casualidad la primera relación de muchas parejas
resulta frustrante para la joven, que por lo general accede
solo por complacer al novio, quien la convida a entregarse
como prueba de amor.
Ela, lógicamente se siente utilizada.
Sobre su persona se ha ejercido un poder que la desvaloriza.
Se le ha exigido obediencia, sin pensar siquiera en sus sentimientos
más profundos.
La virtud de un cambio
Lo más alarmante de todas estas expresiones de violencia
durante la juventud es que son aceptadas por las muchachas,
quienes llegan a plantear que están relacionadas con
el amor que sienten sus parejas hacia ellas,
A juicio de los investigadores, estos criterios
están muy relacionados con la educación tradicional
y sexista que por años ha identificado la sociedad
en la que viven y se desarrollan los jóvenes. Aunque
si bien en el caso de Cuba se trata de una sociedad machista
en esencia, es también un entorno cuya dirección
política y estatal se interesa y preocupa por hacerlo
más óptimo y equitativo. El reto fundamental
está en los hogares, de la puerta de la calle hacia
adentro.
La violencia solo engendra violencia. La
relación de pareja no es una relación de iguales,
ni siquiera de seres parecidos. Amarse no es parecerse: es
entregarse, aceptarse perdonarse y comprenderse. Es seguir
siendo uno mismo junto a la persona que ama, con quien puede
negociar algún capricho, pero solo en función
de la pareja, nunca de uno mismo.
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